Leo Vera nació el 31 de octubre de 1966 en Guantánamo, y al cumplir sesenta años conviene recordar por qué su nombre ocupa un lugar tan singular en la música cubana: pocos cantantes han transitado con semejante soltura entre la agresividad rítmica de la timba y la hondura del bolero.
Su nombre real es Leucidio Vera, aunque el país entero lo conoce por el nombre artístico que lo convirtió en referencia.
Se formó desde muy joven en agrupaciones locales hasta ingresar al Coro Masculino de Guantánamo, donde se profesionalizó a los diecisiete años.
Antes de instalarse en La Habana vivió en la Isla de la Juventud, donde siguió cantando en grupos locales y formó junto a otros dos guantanameros el Trío Sol.
Su despegue masivo llegó con La Charanga Habanera entre 1991 y 1994, bajo la dirección de David Calzado: allí puso voz a «Mi estrella», que lideró el hit parade nacional quince semanas consecutivas, además de «Placer de amar» y «Me sube la fiebre».
En 1994 protagonizó un gesto que dice mucho de su carácter: abandonó La Charanga sin aviso previo, en pleno apogeo, cuando su versión de «Mi estrella» era número uno en toda la Isla, para unirse a Irakere de Chucho Valdés. Allí popularizó «Hombre casado» y demostró que su potencia bailable podía brillar en otro registro.
Luego vino Havana Ensemble con César López, con clásicos como «María matraca» y «Cartas amarillas», y su paso por Klímax con Giraldo Piloto, etapa en la que grabó dos discos. En 2013 su álbum Verdades obtuvo el Premio Cubadisco en la categoría de pop.
Hoy mantiene una carrera independiente y activa, con un vínculo especialmente sólido en Perú, y su hijo Leo Vera Jr. continúa el legado en el género romántico.
Sesenta años después, Leo Vera sigue siendo eso: una voz que no eligió entre la fiesta y el sentimiento, sino que aprendió a habitar ambos.
Foto: Ecured
