Ignacio Piñeiro escribió «El castigador». Miguel Matamoros compuso «Juramento». Ambos, hombres de música y de calle, se quedaron sin palabras cuando un coro santiaguero les devolvió sus propias canciones convertidas en algo sagrado.
Electo Silva nació en Santiago de Cuba el primero de noviembre —las fuentes dudan entre 1928 y 1930, pero nunca dudaron de su genio—.
De niño aprendió música en Haití, tierra que le regaló el oído caribeño que después lo definiría.
Volvió a Cuba, estudió Pedagogía y Psicología, y en 1955 fundó sus primeros Cantores Polifónicos.
Pero fue en 1960 cuando su nombre quedó sellado para siempre: nació el Orfeón Santiago, su obra suprema.
La escena que lo muestra bien ocurrió lejos de un teatro. Piñeiro escuchó al Orfeón cantar su «El castigador» y enmudeció, vencido por la belleza de lo que oía.
A Matamoros le saltaron las lágrimas cuando el coro interpretó su «Juramento». Un director que hacía llorar a los creadores con sus propias obras.
Dirigió el Orfeón durante más de cuatro décadas, formó generaciones enteras de cantores y recibió el Premio Nacional de Música en 2001.
Murió en 2017, pero su legado sigue vibrando en cada voz que se atreve a cantar.
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