Fue una tarde de noviembre, con un fresco clima habanero, y Lourdes Torres sudaba como condenada a muerte. No era el calor, sino los nervios. Frente a ella, nada menos que Ernesto Lecuona, el más grande compositor de Cuba, la miraba desde su piano en la casa de Santa Fe.
Con apenas 15 años de edad, sin pintura en el rostro y pesando solo 80 libras, aquella muchacha nacida en el municipio habanero de Guanabacoa el 29 de abril de 1940 estaba a punto de vivir el momento que definiría su carrera.
El encuentro no fue casual. Un representante de artistas llamado Roberto Rodríguez la había escuchado cantar en una fiesta y, cautivado, la llevó a casa del Maestro. Lecuona probaba voces nuevas y la dejó para el final.
Cuando por fin se viró y le dijo «Ven, comino», apodo que le puso por su diminuta estatura, Lourdes sintió que el piso se le hundía. Le preguntó qué iba a cantar y ella respondió: «Alma mía». Él la acompañó al piano. Al terminar, mantuvo las manos sobre el teclado y, dirigiéndose a su asistente, sentenció: «Inclúyeme al comino en el concierto del domingo en el Teatro Nacional».
«Me quedé impávida», recordaría después la célebre cantante. «Mis 15 años no me daban para asimilar eso».
Pero así, de la mano de Lecuona, debutó en el Teatro Nacional estrenando la obra «Sin encontrarte». El aplauso del público fue tan ensordecedor que la obligaron a repetirla. El gran pianista y compositor, impresionado, vaticinó de ella: «voz cálida de un timbre privilegiado en su tono aterciopelado y temperamento».
La historia de Lourdes Torres, la temperamental, la comino, la voz inconfundible de «Como cualquiera», había comenzado. No solo por su talento, sino por el coraje de una niña de 80 libras que supo sudar frío frente a un genio y ganarse un lugar en la historia de la música cubana.
Lourdes Margarita Torres Ortiz falleció en La Habana el 16 de agosto de 2017, víctima de una insuficiencia renal, pero su legado sigue vivo en cada nota que dejó y en la memoria de un pueblo que aún la recuerda con cariño.
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