Este 22 de agosto se cumplen cien años del nacimiento de Pacho Alonso (Santiago de Cuba, 22 de agosto de 1926 – La Habana, 1982), una de las voces imprescindibles de la música popular bailable cubana. No fue solo un cantante: fue un animador de la fiesta, un defensor del son y la guaracha, y el gran impulsor de un ritmo que puso a bailar a todo un país.
Desde sus primeras actuaciones junto a Mariano Mercerón hasta la fundación de sus propias agrupaciones —Los Pachucos primero, Los Bocucos después—, Pacho Alonso demostró una cualidad poco común: hacer que la elegancia y el sabor convivieran en una misma voz. En el bolero podía ser íntimo y contenido; en la guaracha y el son desplegaba una energía pícara, un fraseo conversado y un sentido del ritmo que invitaba a levantarse de la silla. No cantaba para lucirse: cantaba para el bailador.
Su gran aporte al repertorio bailable llegó en los años sesenta, cuando, junto al compositor Enrique Bonne, impulsó el pilón, ritmo que se convirtió en fiebre en Cuba y le valió el título de Rey del Pilón. Temas como “El pilón”, “Ritmo pilón”, “Dame un cachito pa’ huele”, “El guarapo y la melcocha” y “La punzada” forman parte de la banda sonora de varias generaciones y muestran su capacidad para renovar la tradición sin traicionarla.
El legado de Pacho Alonso también se mide en la escuela que representó. Por su orquesta pasaron músicos y cantantes que luego brillaron con luz propia, como Ibrahim Ferrer, redescubierto años después por el proyecto Buena Vista Social Club. Ese dato confirma algo esencial: Alonso fue un director que supo rodearse de talento y darle espacio al canto colectivo.
Cien años después, su música sigue sonando con la misma vitalidad. Porque Pacho Alonso no pertenece solo a la nostalgia: pertenece a la fiesta, al baile y a la memoria viva de Cuba.
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