A los siete años, Rafaelito Lay, nacido en Cienfuegos el 17 de agosto de 1927 y fallecido en la misma ciudad el 13 de agosto de 1982, escribió una carta a los Reyes Magos pidiendo un violín de verdad.
Su padre, tabaquero, no pudo regalárselo, pero su madre, con el esfuerzo de su trabajo como costurera, logró ahorrar y dos años después el instrumento llegó. Con ese violín comenzó la historia de una de las leyendas más grandes de la música cubana.
A los 13 años ingresó como segundo violín en la Orquesta Aragón. A los 21, en 1948, asumió la dirección cuando el fundador Orestes Aragón enfermó. Tomó la batuta y, con la seguridad de un visionario, llevó a la agrupación a la cima.
Una anécdota revela su tenacidad. En 1953, la orquesta grabó doce obras sin un solo error. Al día siguiente, Lay y su representante llevaron los discos a la Panart, pero el dueño pidió mil pesos de garantía.
Lay salió defraudado, pero su representante insistió: «No hay peor gestión que la que no se hace». Fueron a la RCA Víctor y, contra todo pronóstico, el directivo les ofreció grabar con solo doscientos pesos. Aquel fue el inicio de una carrera discográfica imparable.
Bajo su guía, la Aragón se presentó en escenarios selectos como el Lincoln Center en Nueva York, el Conservatorio Chaikovski en Moscú, el Teatro Olympia en París y la Expo Mundial de Osaka en 1970. Vivió 42 años como parte de la Orquesta Aragón.
Falleció en un accidente automovilístico en la carretera Trinidad-Cienfuegos, cuatro días antes de cumplir 55 años, pero su legado quedó en manos de su hijo, Rafael Lay Bravo.
Rafael Lay no solo fue el director de la Aragón, sino el artífice de su sonido eterno, el niño que pidió un violín y terminó dando a Cuba una de sus orquestas más queridas.
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