Guillermo Tomás: el músico que le puso banda sonora a una nación

Guillermo Tomás

Guillermo Manuel Eduardo Tomás Bouffartigue nació en Cienfuegos el 10 de octubre de 1868, exactamente el mismo día del Grito de Yara, el inicio de la guerra que fundaría a Cuba como nación. Toda su vida estaría atravesada por esa coincidencia.

Su padre, Tomás Tomás, fundador de la primera orquesta de Cienfuegos, le puso la música en las manos antes que cualquier maestro. 

A los dieciséis años ya tocaba la flauta en público junto a Ramón Solís, el flautista insigne de Sagua. Pero su destino no era solo el instrumento.

En 1889, perseguido por sus ideas independentistas, emigró a Nueva York.

Allí se casó con Ana Aguado, la Calandria de Cienfuegos, cantante y patriota, y ambos se convirtieron en puntales de la causa revolucionaria en el exilio. Organizaron veladas lírico-culturales para recaudar fondos para los clubes separatistas. 

En una de esas funciones, José Martí escribió a Ana una frase que la historia conservó: «Para morir es necesario oír antes la voz de una mujer».

Al terminar la guerra, en 1899, el alcalde Perfecto Lacoste le encargó organizar la banda del cuerpo de policía. Tomás aceptó, pero con una condición tácita: la dignidad artística no se negociaba. 

Cuando en marzo de 1900 recibió una orden para que doce músicos escoltaran presos al juzgado, Tomás se negó en redondo. Escribió al alcalde, argumentando que tal medida iba contra el prestigio de la Banda y de sus hombres. La orden fue dejada sin efecto .

Ese gesto definió su carácter. La banda dejó de ser un apéndice policial para convertirse en la Banda Municipal de La Habana, una institución civil dedicada a la cultura.

En la Convención Constituyente de 1900, Guillermo Tomás dirigió la primera ejecución oficial del Himno Nacional con una banda completa. Años después lo recordaba así: «Fue un momento solemnísimo, de esos que no se olvidan nunca en la vida. Los músicos estábamos quizás más emocionados que nadie. Muchas veces me he quedado pensando cómo pudimos llegar al final».

En 1903 creó la Academia Musical Dr. Juan R. O’Farrill, la primera escuela de música gratuita para niños pobres de La Habana, con profesores salidos de la propia banda. Años después esa escuela se convertiría en el Conservatorio Amadeo Roldán.

También fundó el Instituto Vocal Aguado-Tomás y el Orfeón La Lira Habanera. Su obsesión era clara: «Conquistar una Cuba más culta».

Tomás inventó algo que no existía: conciertos didácticos para el pueblo. 

Bajo títulos como «Las Grandes Etapas del Arte Musical», «Los Grandes Poetas Tonales» y «Orientaciones del Arte Tonal Moderno», dio a conocer en Cuba a Wagner, Berlioz, Debussy y Saint-Saëns. Escribía programas-folleto, verdaderas monografías, para que el público entendiera lo que escuchaba.

La banda que dirigía acumuló más de 3,300 conciertos en sus primeros veinticinco años, estrenó 1,420 obras y ganó medallas de oro en Buffalo, Roxbury, Ohio y Nueva York.

En 1921 murió Ana Aguado. Tomás compuso en su memoria «Cuentas de mi rosario», estrenada en el Teatro Nacional en 1922. Murió en La Habana el 30 de octubre de 1933, a los 65 años.

El Conservatorio de Música de Guanabacoa lleva su nombre. Cada 10 de octubre, las bandas de concierto de toda Cuba tocan en su honor. Su legado no es solo musical: es la idea de que la cultura es una forma de patriotismo.

Foto: La Jiribilla

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