Cuando la música cubana busca un rostro universal, encuentra en Ernesto Lecuona (Guanabacoa, 6 de agosto de 1895) su nombre más luminoso. Considerado el compositor criollo más difundido en el mundo, no solo fue un pianista virtuoso, sino el artífice que llevó los ritmos y colores de su isla a todos los rincones del planeta.
Niño prodigio, comenzó a tocar piano a los cinco años bajo la tutela de su hermana Ernestina. A los catorce compuso su primera obra, «La comparsa», y a los diecisiete se graduó del Conservatorio Nacional con medalla de oro en interpretación. Su formación incluyó maestros como Joaquín Nin, forjando un estilo único donde lo hispánico y lo afrocubano se funden con maestría.
Su prolífica obra, cercana a las 600 composiciones entre zarzuelas, danzas y canciones, incluye títulos inmortales como «Siboney», «María la O», «Damisela encantadora», «Rosa la China», «Danza Lucumí» y «La malagueña». Fue pionero al llevar por primera vez el tambor de la conga al pentagrama, inaugurando lo que hoy conocemos como música afrocubana.
En 1943 Lecuona hizo historia al convertirse en el primer cubano nominado al Premio Óscar, por la canción «Siempre en mi corazón». Su legado trasciende géneros y fronteras: fundó la orquesta Lecuona Cuban Boys, impulsó las carreras de figuras como Rita Montaner y Bola de Nieve, y fue incluido en el Salón de la Fama de la Música Latina (1999) y en el Pabellón de la Fama de los Compositores Latinos (2014).
Fallecido el 29 de noviembre de 1963 en Tenerife, España, dejó una huella imborrable. Como afirmó la crítica, logró no solo brillar, sino trascender y conservar intacta su cubanía. Cada 6 de agosto, su tierra natal y el resto del mundo celebran al genio que hizo cantar a la isla en cada nota.
