El vecino que cantaba hasta que los niños se dormían

José Tejedor

En el barrio de Lawton, en la calle Reyes, había un apartamento sobre el cine San Miguel donde los vecinos sabían que, de vez en cuando, la tarde se volvía fiesta. Llegaba José Tejedor con su inseparable amigo Luis Oviedo, y con solo una buena comida bastaba para que la energía se apoderara de sus cuerdas vocales.

Tomaba la guitarra y comenzaba la «descarga». El repertorio pasaba entero: «Pasión sin freno», «Escándalo», «Llora corazón», «Como nave sin rumbo»… Una tarde que se alargaba hasta bien entrada la noche, y que los niños dejaban inconclusa porque los mandaban a la cama.

Esa era la vida de José Tejedor Sibate, un hombre que nació en el barrio habanero de Santos Suárez el 7 de agosto de 1922 y que, a pesar de ser ciego desde niño, pobre y negro en una sociedad que no lo facilitaba, encontró en la música su luz y su camino. A los 15 años se presentó en «La Corte Suprema del Arte» de la CMQ, aunque no tuvo el éxito esperado. Pero él no se rindió.

El encuentro con Luis Oviedo en 1959 marcó un antes y un después. Sus voces se acoplaron en una armonía perfecta —la de Tejedor y el falsete de Oviedo— y juntos se convirtieron en un dúo inolvidable que llenó una época entera del bolero cubano. Grabaron para Discuba, Areito y Siboney, y durante más de 20 años Tejedor tuvo su propio programa en la radio: «Tejedor en la tarde».

Falleció en La Habana el 4 de noviembre de 1991, pero su voz nunca se apagó. Porque José Tejedor no solo fue un gran bolerista: fue el vecino que llegaba con su guitarra, cantaba hasta que los niños se dormían y les demostraba a todos que la verdadera luz no está en los ojos, sino en el corazón y en la voz.

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