El silbido del callejón

Tirso Díaz

Hay casas que no se olvidan porque en ellas nació algo más grande que sus paredes. En el callejón de Hamel, número 1108, en Centro Habana, los músicos no tocaban el timbre.

Llegaban y silbaban las notas de «Rosa mustia», y la puerta se abría sola. Aquella contraseña sonora era la llave de un mundo donde César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ñico Rojas y Elena Burke se sentaban a conversar, a escuchar jazz, a inventar una manera nueva de decir las cosas. 

El dueño de esa casa era Tirso Díaz, un guitarrista que había nacido en Güira de Melena el 24 de septiembre de 1895 y que murió en La Habana el 16 de julio de 1967. 

Pero su historia empieza mucho antes de aquel callejón.

Con diecisiete años ya era parte del Terceto Nano, y para Bienvenido León compuso «Ana», un tema que se grabó en 1913, cuando todavía las grabaciones eran un lujo reservado a las canciones que de verdad dejaban huella. Después vinieron «Eloísa», «Como la vida», «Solo oigo al corazón».

Su guitarra acompañó a cantantes durante décadas, pero su verdadero instrumento fue la generosidad: abrir su casa para que otros encontraran su voz. 

El filin no nació en un conservatorio ni en un cabaret. Nació en aquel callejón, entre amigos, discos y un silbido que anunciaba que la música estaba por comenzar.

Fue una guitarra Gibson que lo acompañó desde 1943, testigo silenciosa de innumerables noches de bohemia y de aquel silbido que abría las puertas de su casa. 

Décadas después, en el contexto del Festival Bohemia Mía, su nieto Félix Armando Díaz la donó al Museo Nacional de la Música Cubana, para que dejara de ser un objeto privado y se convirtiera en retrato sonoro de Tirso, en la madera donde latió su vida.

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