Si la noche de Excilia Saldaña tuviera una banda sonora, probablemente sería «Mi niña imaginada», esa canción de Liuba María Hevia que parece extraída de sus versos, como un eco de aquel diálogo eterno entre una abuela y su nieta.
Pero en la librería Ernest Hemingway de Marianao, la música no llegó al principio; llegó al final, como un regalo que se guarda para el último instante.
La tertulia comenzó con la calidez de siempre. Ismary Marrero Rabí, especialista de la Casa del Escritor y figura clave de la cátedra de literatura del municipio, abrió las puertas para recibir al invitado de honor: Mario Ernesto Romero Saldaña, Mayito para los suyos, único hijo de Excilia, poeta, artista plástico y albacea de su obra.
Con la emoción a flor de piel, Mayito comenzó a desgranar la memoria de quien fue su madre y que, paradójicamente, le escribió un día, en la dedicatoria de “Jícara de miel: el libro de todas mis nanas”: «Mario Ernesto, hijo, que este libro le sirva a toda mi raza que en tu sangre sembré». Unas palabras que eran mucho más que una dedicatoria: eran un testamento de amor y de herencia cultural.
Contó que Excilia escribía de noche, siempre de noche. No por capricho, sino porque el asma le robaba el sueño y el miedo a dormirse y no despertar la mantenía en vela. Así, entre la vigilia y el temor, nacieron sus versos más hermosos.
Recordó también que fue una defensora feroz de los derechos de la raza negra y de la mujer, una sabia de la palabra con una prosa poética hermosa y desbordante, como si supiera que el tiempo se le escapaba entre los dedos. Y que en sus textos lo mencionaba a él, a Mayito, una y otra vez, como si supiera que su sangre llevaría su legado.
Los niños, protagonistas absolutos, llegaron con sus libros bajo el brazo. Eran ganadores y participantes del concurso Excilia Saldaña que cada año organiza la Casa de Cultura de Marianao. Con sus voces aún pequeñas pero seguras, leyeron fragmentos de algunos textos de la homenajeada, y sus miradas encendidas demostraron que la obra de la famosa autora sigue viva, sigue creciendo en cada generación.
Y entonces, al final, cuando parecía que todo había terminado, una niña de voz clara y ojos brillantes se paró frente al público y cantó. No fue «Mi niña imaginada», fue otra canción infantil, pero en ese instante todos sintieron que era exactamente la misma: la melodía de una pequeña que sueña, de una abuela que espera, de una noche que nunca termina.
La canción flotó en el aire de la librería, y por un momento la escritora estuvo ahí, escuchando, sonriendo desde esa noche eterna que tanto amó.
La tertulia terminó, pero la música quedó. Porque la poesía de Excilia Saldaña, como las canciones de infancia, no se va: se queda.
Foto Cubaperiodista
