Hubo un tiempo en que La Habana y Nueva York compartían el mismo compás. Y en ese vaivén de trenes y barcos, un pianista cubano tejió una vida que parece sacada de una novela: acompañó películas mudas antes de que el cine tuviera voz, tocó a dos pianos en la sala Steinway, y terminó sus días interpretando a Grieg en un college de Nueva York.
Su nombre era Nilo Menéndez, y nació en La Habana el 26 de octubre de 1902. Falleció en San Diego, California, el 15 de septiembre de 1987. Pero su historia no empieza ni termina en esas fechas.
Empezó en Cuba, en la danzonera de Aniceto Díaz, con las manos sobre un piano que acompañaba al cine mudo. Allí aprendió que la música también podía contar historias sin palabras.
Después, en 1925, se presentó en la sala Steinway junto a la pianista Emma Boehm-Oller, interpretando a dos pianos obras de Mozart y Saint-Saëns. El muchacho del danzón estaba tocando en el templo del piano en Nueva York.
En los clubes de Hollywood y Nueva York devino un acompañante codiciado. Tocó para Tito Guizar, para Frank Sinatra en el Palm Spring, y actuó como solista en la NBC.
Fue director musical de 20th Century Fox, compuso para películas de Jorge Negrete y Arturo de Córdova, y dirigió orquestas para Pathe, Decca, Columbia y RCA Víctor.
Pero había más. Compuso el ballet «Tu antifaz», dedicado a Alicia Alonso.
Y el 27 de enero de 1974, ya lejos de los reflectores del bolero, interpretó el Concierto para piano n.º 1, de Grieg junto a la Grays Harbors Symphony Orchestra. El hombre que había hecho bailar al mundo con sus ritmos, terminó sus días abrazado a la música clásica.
Así fue Nilo Menéndez: un puente entre dos mundos, un piano que nunca dejó de cruzar fronteras.
Foto: Cubanos Famosos
