Antes de que el mundo entero bailara al ritmo de «El manisero», Moisés Simons ya era un niño prodigio que desafiaba todas las expectativas. Nacido en La Habana el 24 de agosto de 1889, hijo del músico vasco Leandro Simón Guergué, comenzó a estudiar música con su padre a los cinco años de edad.
A los nueve, asombraba como organista en la iglesia del barrio de Jesús María y dirigía el coro de la Iglesia del Pilar. Antes de cumplir quince, ya tocaba piano, órgano, había sido maestro de capilla y comenzaba a dirigir compañías infantiles en el Teatro Martí. Con solo diecisiete años, ya tenía su propia orquesta y fue convocado para dirigir la del famoso parque de diversiones Tivoli.
Pero la anécdota que definiría su leyenda ocurrió en 1928. Cuenta el cronista Eduardo Robreño que Simons se encontraba en un establecimiento de la esquina de San José y Amistad, en Centro Habana, donde se vendía café con leche. Allí, inspirado por el pregón de un vendedor de maní que rompía el silencio de la tarde, tomó una servilleta, trazó en ella las cinco líneas del pentagrama y enhebró una serie de compases dentro de la más pura rítmica nacional.
La historia de su letra es igualmente fascinante: Simons le encargó la tarea a Alejo Carpentier, pero el escritor olvidó el asunto. La noche antes de la grabación, el músico pidió ayuda a Gonzalo G. de Mello, un traductor del hotel Regina, quien siguiendo el tarareo de Moisés improvisó la letra que inmortalizaría la canción.
Rita Montaner estrenó la obra en 1928, pero fue en 1930 cuando Antonio Machín la grabó con la orquesta de Don Azpiazu, deviniendo el primer éxito millonario del arte sonoro latino y abriendo el camino a la industria musical de todo el continente.
Más de 160 versiones después, «El manisero» sigue siendo el eco universal de Cuba, el testimonio de que un simple pregón callejero, en manos de un niño prodigio, podía conquistar el mundo.
Foto: Cuban Music
