Mucho antes de que la música cubana alcanzara reconocimiento internacional, desde Santiago de Cuba comenzaba a gestarse una obra destinada a marcar un antes y un después en la creación artística de la Isla.
Entre partituras, ensayos y el sonido inconfundible del violín, Laureano Fuentes Matons edificó un legado que trascendió su época. Compositor, director de orquesta, pedagogo e investigador, hizo de la música un espacio para la innovación y el diálogo entre la tradición europea y la naciente identidad cultural cubana.
Nació el 3 de julio de 1825 en Santiago de Cuba, en el seno de una familia de profundas raíces musicales, y falleció el 30 de septiembre de 1898 en Kingston, Jamaica, mientras buscaba aliviar los problemas de salud que lo aquejaban.
Discípulo de reconocidos maestros como Juan París y Francisco José Hierrezuelo, reveló desde muy joven un talento excepcional. Con apenas quince años obtuvo por oposición la plaza de primer violín de la Capilla de Música de la Catedral de su ciudad natal, una responsabilidad reservada a los mejores intérpretes de su tiempo.
Su intensa labor creadora dejó más de trescientas obras que abarcan música religiosa, sinfónica, de cámara, piezas para piano y violín, danzas, contradanzas, zarzuelas y páginas corales. Entre todas destaca «La hija de Jefté», estrenada en 1874 y reconocida como la primera ópera compuesta por un cubano.
Años después revisó la partitura y la presentó bajo el título «Seila», muestra de su permanente afán de perfeccionamiento artístico.
A la creación musical sumó una valiosa labor como investigador. Su libro Las artes en Santiago de Cuba, publicado en 1893, constituye uno de los testimonios más importantes para conocer el desarrollo cultural de la región oriental durante el siglo XIX y continúa siendo una referencia para estudiosos de la historia de la música de la mayor de las Antillas.
Más de dos siglos después de su nacimiento, la figura de Laureano Fuentes Matons conserva plena vigencia. Su obra abrió caminos a la sonoridad académica nacional y confirmó que el talento, cuando se pone al servicio de la cultura y la identidad de un pueblo, puede convertir el arte en un legado imperecedero.
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