Alfredo Diez Nieto nació en La Habana el 25 de octubre de 1918 y murió el 23 de octubre de 2021, a los 103 años, apenas dos días antes de cumplir 104.
Fue compositor, director, pianista y pedagogo, y llegó a ser considerado el decano de la música de concierto cubana.
Pero si hay una imagen que resume su vida, es la de su despedida: cuenta la crónica de su funeral que no fue el silencio lo que lo despidió, sino una ovación prolongada de familiares, colegas y discípulos frente a su tumba en la Necrópolis de Colón.
Estudió en el Conservatorio Iranzo entre 1926 y 1933 y fue profesor de Armonía en el Instituto Superior de Arte.
Dirigió la Orquesta Sinfónica de la Escuela Nacional de Música, la Sinfónica de Camagüey y, a partir de 1965, organizó y dirigió la Orquesta Sinfónica Popular de Concierto. También estuvo al frente del Conservatorio Alejandro García Caturla.
Su catálogo abarca tres sinfonías, obras de cámara y un legado pianístico que va desde la serie «Estampas» (1938) hasta «Cimarrón», escrita a principios de este siglo impresionado por la novela testimonio de Miguel Barnet.
Su «Gran sonata para piano» está considerada una de las partituras más contundentes concebidas por un autor latinoamericano, y su «Sonata para violín solo», dedicada a Evelio Tieles, llevó a decir al violinista que Diez Nieto se expresa en cubano, suena en cubano, hace suya la esencia de nuestro pueblo.
Hubo también un gesto íntimo: en 1950 compuso «Lilliam», un preludio para guitarra dedicado a su esposa. Y otro, doloroso: «Canto fúnebre» (1974), escrito y dedicado a su alumna, la joven pianista Vivian.
Murió de un infarto en La Habana, y sus restos fueron despedidos con aplausos que exaltaban, como escribió Granma, el valor de una obra imprescindible en el repertorio de la música insular de concierto del siglo XX.
Foto: Colegio de Compositores
