El vuelo eterno de Guamacito

Alas para una escuela

Hubo un tiempo en que la magia no entraba por los ojos, sino por los oídos. Bastaba un mueble de madera con una tela tensa y un botón redondo para girarlo y que el mundo entero cupiera en una habitación. 

Así llegó a los hogares cubanos, una tarde de 1952, una voz que no necesitaba pantalla para abrazar. Era Pinar del Río encendiendo un micrófono y, con él, la llama de un sueño que se celebra por todo lo alto.

La cita es este 13 de mayo, a las 10:00 de la mañana, en el Cine Praga en la capital de la provincia más occidental de la mayor de las Antillas. Allí se presenta en estreno Alas para una escuela, el documental que transforma la nostalgia en testimonio vivo para festejar los 75 años de La Escuela del Aire, bajo el lema que mejor la define: «El sonido que acompaña tu niñez».

Pero esta no es una historia contada desde afuera. La compartió su propio creador, Luis Hidalgo Ramos, en declaraciones ofrecidas a Radio Cadena Habana, revelando la entraña de un proyecto que es, sobre todas las cosas, una carta de amor a su propia infancia. 

Porque el versátil creador vueltabajero no elige este tema como quien selecciona un argumento atractivo. Lo habita. Él también fue, siendo apenas un niño de nueve años, parte de aquella historia sonora. 

Primero fue un pequeño curioso que llegó a los estudios de Radio Guamá, en Pinar del Río, cargado de sueños y fantasías, y más tarde, ya en la década de los noventa, convertido en la voz detrás de Guamacito, aquel títere travieso y tierno que se transformó en el amigo entrañable de miles de niños que pegaban la oreja al receptor esperando sus aventuras.

No era un personaje: era un compañero. Y su intérprete, hoy realizador, decide devolverle al programa lo que el programa le dio, narrando «un recorrido por la historia de este espacio a través de imágenes patrimoniales, testimonios y fragmentos musicales».

En aquella entrevista radial, el artista definió La Escuela del Aire como ese lugar donde generaciones encontraron «un espacio para expresarse, aprender y crear desde la espontaneidad». 

Es justamente esa esencia la que respira el documental: reconstruir la memoria colectiva de una provincia que creció acunada por una radio hecha con talento, entrega y la convicción de que educar también es un acto de ternura.

Por eso Alas para una escuela es mucho más que un homenaje de aniversario. Es Guamacito adulto tomando la palabra. Es el niño que habitó la cabina regresando al micrófono para decir, sin prisa y con el corazón en la voz, que aquel programa no fue solo una emisión. 

Fue, y sigue siendo, el sonido que nos acompaña desde la niñez y que, cuando nadie lo espera, nos saca a volar.

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