La voz de Luis Carbonell tenía el misterio de las cosas antiguas: parecía venir desde un patio santiaguero lleno de tambores, desde el pregón de una calle húmeda de Caribe o desde la memoria profunda de Cuba.
Cuando recitaba, las palabras dejaban de ser simples versos y adquirían cuerpo musical, respiración y color. Pero detrás del artista que convirtió la declamación en espectáculo había también un hombre de oído exquisito, un arquitecto silencioso de canciones y repertorios, capaz de descubrir la emoción exacta escondida dentro de una melodía.
Luis Mariano Carbonell Pullés nació el 26 de julio de 1923 en Santiago de Cuba y falleció el 24 de mayo de 2014 en La Habana. Pianista, declamador, productor y repertorista, fue una de las figuras más refinadas de la cultura cubana del siglo XX.
Desde niño estudió música y muy temprano comenzó a trabajar en la emisora CMKC de Santiago, donde desarrolló una sensibilidad extraordinaria para seleccionar repertorios y construir programas artísticos. Aquella capacidad lo distinguió durante toda su carrera: Carbonell no escogía canciones solamente por su belleza, sino por la historia emocional que podían contar juntas.
Su trabajo como repertorista marcó profundamente la música cubana. Poseía una intuición poco común para unir elegancia, tradición y teatralidad. Muchos artistas acudían a él porque sabía descubrir la esencia interpretativa de cada pieza y encontrar el tono preciso para cada voz.
Esa sensibilidad llamó la atención de Ernesto Lecuona, quien reconoció rápidamente su talento y llegó a considerarlo “un genio de la poesía negra”. La relación entre ambos abrió a Carbonell importantes escenarios internacionales y lo vinculó a proyectos musicales de enorme prestigio.
Uno de los momentos más notables de su carrera ocurrió junto a la soprano Esther Borja. Más que acompañarla al piano, Carbonell participó activamente en la construcción artística de sus espectáculos y grabaciones. En 1955 produjo para el sello Kubaney el álbum “Esther Borja canta a dos, tres y cuatro voces canciones cubanas”, considerado una obra pionera dentro de la discografía nacional.
La grabación utilizó técnicas de superposición vocal prácticamente desconocidas entonces en Cuba, resultado de la minuciosa visión artística de Carbonell. Él mismo escogió gran parte del repertorio, integrado por clásicos de la canción cubana como “Longina”, “Ojos brujos” y “Noche azul”, y además participó como pianista junto a Numidia Vaillant en “Los tres golpes”, de Ignacio Cervantes.
Su influencia trascendió la declamación porque entendió que la música cubana también podía contarse desde la palabra hablada. En discos, programas radiales y presentaciones teatrales llevó al público la poesía de Nicolás Guillén, Luis Palés Matos y Emilio Ballagas con una musicalidad inédita. Obras como “Los quince de Florita” o “Esa negra Fuló” quedaron unidas para siempre a su voz, cargada de humor, picardía y elegancia.
En 2003 recibió el Premio Nacional de Música, reconocimiento a una trayectoria que convirtió la oralidad afrocubana en arte mayor. Luis Carbonell no solo hacía cantar los versos: también afinaba el alma de las canciones cubanas para que el país entero pudiera escucharse en ellas.
Foto: Tomada de www.plenglis.com
