Llegó a La Habana escondido en un camión de verduras, con la ropa zurcida y el hambre de quien no tiene nada que perder. Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, nacido en Santa Isabel de las Lajas, en la central provincia de Cienfuegos, el 24 de agosto de 1919, era el mayor de dieciocho hermanos y no sabía leer una partitura.
Se autocatalogaba con orgullo como un analfabeto musical. Pero cuando abría la boca, Cuba entera se detenía a escuchar. Aquel muchacho que vendía viandas y hierbas medicinales se convertiría en El Bárbaro del Ritmo, El Sonero Mayor, El Príncipe del Mambo.
Aprendió a tocar el tres y la guitarra de oído, y su voz privilegiada, un tenor fluido y versátil, podía cantar son, bolero, mambo y guaracha con la misma maestría. El legendario Miguel Matamoros lo contrató como voz prima de su conjunto, y con ellos viajó a México, donde nació su nombre artístico, Benny, y donde compuso el inmortal «Bonito y sabroso».
Pero la vida de El Benny fue tan intensa como su música. En febrero de 1957, cayó preso en Venezuela por propinarle un cabillazo en la cabeza a un empresario que se negó a pagarle 44.000 dólares por una presentación. Solo las gestiones diplomáticas de su amigo Bola de Nieve lograron sacarlo de la cárcel. Juró que nunca volvería a Venezuela y cumplió.
Su último adiós sobre un escenario fue el domingo 17 de febrero de 1963 en Palmira, Cienfuegos. Ya estaba muy grave, su cuerpo desfallecía, pero aún así subió a cantar. Dos días después, el 19 de febrero, a las 9:15 de la noche, la cirrosis hepática apagó su voz a los 43 años.
Pero si hay un instante que confirma la dimensión de su leyenda, ese es su funeral. Cuando el pueblo se enteró de la noticia, una multitud se congregó alrededor del Hospital de Emergencias y acompañó su cadáver hasta el Sindicato de Artes y Espectáculos.
Luego, una marea humana siguió la carroza fúnebre hasta Santa Isabel de las Lajas. A lo largo de la Carretera Central, los vecinos de cada pueblo salían al encuentro de la caravana para despedirse del Bárbaro del Ritmo. En Santo Domingo, la muchedumbre era tan inmensa que hubo que realizar un entierro simbólico.
Ya en Lajas, el cadáver, envuelto por las multitudes, viajó del Casino Español al Casino Africano, donde recibió una ceremonia religiosa. Más de cien mil personas siguieron el cortejo fúnebre. El Comandante en Jefe, Fidel Castro, envió una ofrenda floral y un grupo de oficiales del ejército ayudó a portar el féretro. Finalmente, Benny bajó a la tumba con su sombrero tejano y su bastón, rodeado del cariño eterno de su pueblo.
Benny Moré no solo fue el más grande: se fue cantando, el que hizo de su propia muerte un acto de amor y despedida, el rey analfabeto que convirtió el dolor en música y la muerte en fiesta.
Foto: Crónica Viva
