Una tarde de 1938, Orestes López llegó colmado de ansiedad a los estudios de la emisora Mil Diez.
Sin tiempo para ensayos ni presentaciones formales, buscó a su director, Antonio Arcaño, y le dijo con tono eufórico: «Vamos a estrenar un nuevo ritmo que tengo». Arcaño, intrigado, accedió a un ensayo rápido antes de salir al aire.
Esa noche, el presentador anunció: «Para deleite del público que nos escucha por Radio Mil Diez, escucharemos a la Orquesta Radiofónica de Arcaño y sus Maravillas, quienes nos harán gozar con una nueva y sin igual creación: el danzón ‘Mambo'».
Nadie lo sabía aún, pero el mundo acababa de escuchar el nacimiento de un ritmo que conquistaría todos los continentes.
Orestes López Valdés, nacido en La Habana el 28 de agosto de 1908 y fallecido en la misma ciudad el 26 de enero de 1991, era un músico extraordinario. Apodado Macho, hijo de una familia de instrumentistas, aprendió a tocar el contrabajo, el violonchelo, el violín y el piano. Con apenas quince años, ya era contrabajista de la recién fundada Filarmónica de La Habana.
Pero fue en la orquesta Arcaño y sus Maravillas donde su genio creativo explotó. Junto a su hermano menor, el legendario Israel Cachao López, transformó el danzón desde sus entrañas. Él, desde el cello y el piano; Cachao, desde el contrabajo.
Juntos crearon algo que no existía: una sección final con un ritmo sincopado, vibrante y bailable, al que llamaron mambo.
El público enloqueció. Aquella parte final se convirtió en la favorita de los bailadores, que esperaban ansiosos el momento de lucir sus mejores pasos.
A «Mambo» le siguieron otros danzones inmortales: «Camina Juan Pescao», «Rapsodia en azul», «Soy matancero» y «Pasarán los años».
Orestes fue, además, arreglista y director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba.
Orestes López no solo cocreó un ritmo, sino que le dio al mundo una forma nueva de bailar y de sentir. Y todo comenzó con una tarde de ansiedad y una idea que no podía esperar.
Foto: Radio Enciclopedia
