Ñico Rojas: El ingeniero de los puentes y las melodías

Ñico Rojas

Cuentan que Ñico Rojas tenía un don: podía construir puentes de hormigón durante el día y, por la noche, hacer cantar a la guitarra con melodías que parecían nacidas de la tierra misma. Pero había un detalle que lo hacía aún más asombroso: no sabía escribir música. Sus piezas, de una complejidad virtuosa, las guardaba en la memoria y las tocaba de oído.

José Antonio Rojas nació en La Habana el 3 de agosto de 1921. Se graduó como ingeniero hidráulico en 1945, y durante casi tres décadas trabajó en Matanzas construyendo puentes, viaductos y carreteras. Pero su verdadera pasión, la música, la cultivó desde niño de manera autodidacta. Aconsejado por maestros como Guyún y Frank Emilio, compuso piezas que asombraron por su originalidad y que lo convirtieron en uno de los fundadores del movimiento del filin, esa corriente que fusionó el bolero cubano con la armonía del jazz.

Su obra, que combina la tradición clásica con la esencia popular, incluye tesoros como «Guajira a mi madre», «Mi ayer» y «En el abra del Yumurí». Pero esas partituras no existían en papel. Fue su hijo, Jesusito Rojas, quien aprendió las obras de su padre nota por nota, acorde por acorde, y junto al músico Martín Pedreira las transcribió para que no se perdieran en el tiempo.

Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre de sonrisa eterna y humor socarrón, querido en los círculos musicales de La Habana. El musicólogo Leonardo Acosta definió su música como una obra que «desborda emoción, vitalidad e intelecto».

Al morir el 22 de noviembre de 2008 en La Habana, Ñico Rojas llevaba consigo la Orden Félix Varela, la Orden Alejo Carpentier y la distinción Por la Cultura Nacional. Pero su mayor legado es haber demostrado que un ingeniero puede construir puentes de hormigón y, al mismo tiempo, otros de melodías y armonías. Que la belleza y la técnica pueden caminar de la mano. Y que la música, como los puentes, une mundos.

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