Dos décadas han transcurrido desde la travesía de un grupo de especialistas del periódico Juventud Rebelde y la Casa Editora Abril, que partió con el propósito de sondear la opinión popular acerca de aristas polémicas de nuestro entorno social.
En el prontuario de asuntos a dilucidar por los investigadores resaltó aquel que partía de la hipótesis siguiente: «Las canciones infantiles han desaparecido del repertorio infantil ante la alarma y la indiferencia de muchos otros ritmos y canciones de moda que desplazan la fantasía de los primeros años».
El sondeo en cuestión rememoró que quienes crecieron entre los años noventa y principios de la vigésima centuria recordaban con nostalgia programas como Arcoiris Músical, Dando Vueltas, El patio de Gabriela, Alánimo y el concurso Cantándole al Sol, ya desaparecidos de las pantallas televisivas.
En ese entonces aún se tarareaban las composiciones de Teresita Fernández, que desde 1960 estaba ubicada en la vanguardia musical, con canciones plenas de sensibilidad humana y buen gusto, lo que le permitió agenciarse un público ávido de escuchar su obra.
Otras autoras que intervinieron en esa siembra de valores en los niños a través de la música fueron: Olga de Blank, Adelaida Clemente, Caridad Hernández, Cuca Rivero, María Álvarez Ríos y Enriqueta Almanza, por solo citar algunos ejemplos. Entre los títulos de preferencia se citaban «Barquito de Papel», «El gato Vinagrito», y «Lo Feo».
En el llamado «periodo especial» comenzó a deprimirse la promoción de la música infantil, sensiblemente impactada por los acontecimientos económicos de la época. Se redujeron los espacios infantiles de la radio y la televisión, se encareció la producción discográfica y de audiovisuales y disminuyeron los espectáculos destinados a los infantes, entre las dificultades agravantes.
Una situación parecida se presenta con los animados musicales. Por ejemplo, de una veintena de temas del disco Travesía Mágica, de Liuba María Hevia, solo tres contaron con esta opción. Los tres realizados, según refirió la compositora, por «un esfuerzo mío, y de un grupo de amigos que destinamos ahorros para lograrlo, y a los realizadores que, sin percibir económicamente lo que un trabajo así demanda, ofrecieron su talento y su tiempo en función de los niños».
Durante esta etapa, los niños cubanos mantuvieron su interés por la música infantil, pero al disminuir los espacios para acceder a ella, sus preferencias comenzaron a trasladarse hacia la música que escuchaban los mayores. Incluso en los centros escolares se empleaba cada vez menos la música infantil en las actividades, ya que resultaba más fácil conseguir un disco de reguetón, timba o salsa erótica, que uno con canciones propias para sus edades.
También hay personas mayores que ven como una gracia que los pequeños de casa canten o bailen piezas musicales que no están creadas acordé a sus intereses, ejecutando incluso movimientos pélvicos y otros gestos que no se corresponden con sus edades.
No quiere esto decir que en medio de ese «caos» se dejase de trabajar por una educación musical correcta.
Los autores musicales continúan creando, esperando encontrar espacios dónde dar a conocer sus obras. A los creadores ya citados en este artículo se sumaron otros, como: Enrique Corona, Lidis Lamorú y más recientemente Enid Rosales.
También los instructores de arte continúan en las casas de Cultura con su quehacer diario, desarrollando talleres de creación y apreciación musical y ayudando en la preparación de matutinos y festivales.
Las cantorías infantiles y las agrupaciones vocales también mantuvieron su accionar, entre ellos el Coro Infantil del Coro Nacional, Diminuto, Solfa, Cascabelitos; aunque de manera esporádica y en momentos puntuales (actos y conmemoraciones).
Al mismo empeño coadyuvaron proyectos infantiles como la Orquesta de Guitarra Clave de Sol, que ha contribuido al desarrollo de habilidades instrumentales y vocales en más de un millar de niños y prosigue con su siembra y cosecha.
El más meritorio y sostenido desempeño, a mi modo de ver, corresponde a La Colmenita, al insertar ritmos tradicionales cubanos en sus obras y extender su quehacer a través de sus talleres o sucursales municipales.
En los empeños por fortalecer la educación musical de niñas y niños destacan los trabajos de la Escuela de Improvisación Poética «Indio Naborí», un espacio lúdico y formativo para la enseñanza del repentismo en los pequeños. Un objetivo de esta iniciativa es propiciar el desarrollo de habilidades comunicativas, ampliar el lenguaje y la memoria de los infantes; así como promover la música tradicional insular, principalmente el punto cubano.
No se puede dejar al margen los trabajos de la plataforma «Casa Corazón Feliz», dirigida por la cantautora Rochy Ameneiro. En el último Festival Jazz Plaza, el proyecto se incorporó por vez primera a este evento, con un espacio dedicado a las infancias, orientado a la formación de públicos y al acercamiento temprano al jazz a través de conciertos e intercambios musicales. El propósito de esta acción es fortalecer el vínculo entre creación artística, educación y comunidad.
Mantener, aumentar y apoyar iniciativas como ésta fortalecen la intención de asegurar que nuestro barco de papel (la música infantil) prosiga su mágica travesía, contribuyendo a que los pequeños de casa mantengan siempre su corazón feliz y que la música destinada a ese grupo etario formé parte indisoluble de la identidad cultural de cubanas y cubanos, aunque haya que votar contra viento y marea, en una época en que el mar se muestra turbulento, por el accionar genocida y vandálico del arrogante «vecino del norte».
Foto: Luis Carlos Palacios. Tomada de La Demajagua
