En el escenario cubano hay artistas que interpretan y otros que transforman el aire en espectáculo. Entre luces, silencios y aplausos que parecen no terminar, emerge una figura capaz de unir música, teatro y presencia en un mismo gesto: Rita Montaner Facenda. Su arte no se limitaba a cantar o actuar: encendía el espacio donde aparecía, como si cada función fuera irrepetible.
Nacida el 20 de agosto de 1900 en Guanabacoa, y fallecida el 17 de abril de 1958 en La Habana, creció en un entorno donde la formación musical y el talento escénico se entrelazaban desde temprano. Pianista, cantante y actriz, desarrolló una carrera que la llevó a convertirse en una de las figuras más completas del arte cubano del siglo XX. Su versatilidad no era cálculo: era naturaleza artística.
Desde muy joven se formó como pianista, pero el escenario terminó por reclamarla por completo. Su colaboración con el maestro Ernesto Lecuona marcó un punto decisivo en su carrera, donde la canción cubana adquirió nuevas dimensiones expresivas. Juntos dieron vida a un repertorio que combinaba lirismo, identidad y una fuerza interpretativa que trascendía lo puramente musical.
Su sobrenombre, “La Única”, nació del propio público. Cuentan que, tras una interpretación especialmente intensa, el teatro quedó suspendido en un silencio profundo antes de estallar en aplausos. Desde la sala alguien pronunció esa palabra que la acompañaría para siempre. No fue un título construido: fue una respuesta natural a su magnetismo escénico.
Otra anécdota frecuente relata su trabajo en los ensayos con Lecuona. Aunque las partituras estaban cuidadosamente escritas, Rita tenía la costumbre de transformar la interpretación en escena viva: modulaba la voz, el gesto y el ritmo emocional de cada pieza. Lejos de limitarla, esa libertad potenciaba la obra, como si la música encontrara en su cuerpo una segunda escritura.
Se recuerda también una función en la que un fallo técnico interrumpió el acompañamiento musical. Sin perder serenidad, continuó sola, sosteniendo el espectáculo con voz y presencia durante varios minutos. El público, lejos de inquietarse, permaneció cautivo, como si la escena hubiera sido pensada así desde el inicio. Su dominio del escenario era absoluto, casi instintivo.
Rita Montaner falleció el 17 de abril de 1958 en La Habana, dejando una obra que desborda categorías artísticas. Su legado permanece como la memoria de una artista total, capaz de convertir cada aparición en un acontecimiento y cada interpretación en una experiencia emocional irrepetible.
Foto: Tomada de Bohemia
