En la madrugada del 6 de diciembre de 2010 se apagó la vida de una de las más delicadas y profundas voces de la música cubana: María Álvarez Ríos. Con su partida, la escuela musical, la canción infantil y la pedagogía artística de la mayor de las Antillas perdieron a una de sus figuras más lúcidas, pero su legado permanece vivo en cada niño que aprendió a imaginar con sus melodías.
María Álvarez Ríos nació el 5 de junio de 1919 en el poblado de Tuinucú en Sancti Spíritus, entonces parte de la antigua provincia de Las Villas. Desde muy niña mostró inclinación por la música: compuso su primera canción a los cinco años.
Su formación la llevó a la Universidad de La Habana y más tarde a la University of Michigan, en Estados Unidos, donde obtuvo un doctorado en música, lo cual consolidó su perfil como compositora, pedagoga y pianista.
Ya radicada en La Habana, dedicó su vida a crear, enseñar, producir y transformar el arte sonoro para niños y jóvenes. Fue autora de un extenso repertorio: canciones infantiles, músicas para teatro, ballets, piezas de cámara, canciones con textos de poetas como José Martí, Nicolás Guillén, Gabriela Mistral y otros.
En 1940 ganó un concurso radiofónico con su canción “Mi tormento”, popularizada por el renombrado cantante cubano Barbarito Díez.
Pero quizá su aporte más entrañable fue en la pedagogía musical: fundó el taller-grupo infantil Meñique, a través del cual ofreció a generaciones de niños la posibilidad de entrar en contacto con la música, la danza, el canto, el teatro, fomentando la creatividad, la equidad social y cultural, sin distinción de raza, sexo o condición.
También adaptó óperas, operetas y obras teatrales a nuevos públicos, tradujo partituras, compuso música pedagógica para piano, y ofreció música coral, de cámara, teatro musical para niños, como labor titánica y discreta, llena de sensibilidad.
Con su desaparición en 2010, en La Habana, a los 91 años, la Isla perdió una mujer que supo conjugar la ternura, la disciplina y la creatividad en melodías inolvidables. Pero María no se fue del todo: vive en las voces de quienes cantaron sus canciones, en la gratitud de quienes aprendieron su magia, en cada aula de música donde sus piezas siguen enseñando sueños.
María Álvarez Ríos fue una tejedora de infancia, una artista suave, modesta, pero de enorme corazón, que convirtió poemas, juegos y risas en música, y regaló a Cuba un legado que hace latir con dulzura la memoria de niños, jóvenes y adultos. Puede que la ceniza cubriera su cuerpo, pero su espíritu sigue danzando en cada tecla, en cada canción, en cada acorde que despierte la ilusión.
Foto: Tomada de Ecured
