En los callejones de La Habana, entre el humo de los tabacos y el murmullo de las noches, resonaban los acordes de una guitarra que parecía hablar directamente al corazón. Esa guitarra era la de Manuel Corona, y en cada nota, en cada rasgueo, se sentía la esencia misma de Cuba: sus amores, sus penas, sus alegrías y su bohemia infinita.
Corona no solo tocaba música; la vivía, la respiraba, la dejaba fluir por sus dedos como un río que atraviesa la ciudad, llevando historias que todavía hoy susurran en cafés, peñas y festivales.
Manuel Corona Raimundo nació el 17 de junio de 1880 en Caibarién, en la antigua provincia de Villa Clara, al centro de Cuba. Desde joven llegó a La Habana, y en medio de jornadas en fábricas de tabaco y tertulias nocturnas, aprendió a traducir la vida en canciones. Allí, entre el bullicio de los cafés y el olor de los habanos, nació su sensibilidad musical que lo convertiría en creador de temas antológicos, como: “Longina”, “Santa Cecilia”, “Aurora”, “Mercedes” y “Una Mirada”. Sus composiciones son un reflejo de la ternura, la ironía y el desengaño, testimonio de la memoria del amor y la vida criolla.
La historia de “Longina” ilustra su genio creativo y su corazón romántico: compuesta en apenas una semana por encargo de un amigo, inspirado en la joven Longina O’Farrill, la canción trascendió generaciones. Cuentan que, años después, cuando los restos de Longina fueron trasladados junto a los de Corona en Caibarién, el caballo del coche fúnebre se detuvo frente al cementerio, como si los espíritus siguieran unidos, dando un toque poético y casi místico a su legado.
Corona también brilló con su ingenio en las llamadas “respuestas musicales” propias de la trova cubana a inicios del siglo XX, creando piezas que dialogaban con otros autores de su época, y aunque sus últimos años estuvieron marcados por la pobreza, la enfermedad y la bohemia, su guitarra y su voz nunca dejaron de contar historias.
Manuel Corona falleció el 9 de enero de 1950 en el habanero municipio de Marianao, a los 69 años de edad, pero su espíritu sigue caminando por los cafés, los callejones y los escenarios de la mayor de las Antillas. Su obra nos recuerda que la música es memoria, emoción y vida, y que un verdadero trovador logra que, incluso después de irse, su guitarra siga hablando al corazón de todos los que aman la canción cubana.
Foto: Tomada de Ecured
