Manolo Micler: La danza como destino

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«Antes de yo nacer, Oloddumare mandó a buscar a mi Eleddá, y mi Elerí escogió mi destino», confesó Manolo Micler en una entrevista, con la sabiduría de quien ha comprendido que su vida no fue casualidad. Nació apurado, sietemesino, en un callejón de tierra del barrio habanero de Los Ángeles, donde la pobreza era tan extrema como el rigor de una madre que no llegó a sexto grado pero supo inculcarle valores eternos .

Aquel niño que veía televisión en casa del vecino porque la suya no tenía, se convirtió en el bailarín que en la década del 60 se incorporó al Conjunto Folklórico Nacional para nunca más irse. Allí, bajo la tutela de figuras como Rogelio Martínez Furé y la voz privilegiada de Lázaro Ros, Micler aprendió que «el folclor lo hace el pueblo» y que el artista solo lo teatraliza.

Su visión trascendió lo escénico. Cuando creaba coreografías como Eshú con un pas de trois que incorporaba técnicas de danza moderna, alguien le preguntó si pedía permiso a las entidades divinas. Su respuesta fue tajante: «Una cosa es Manolo religioso y otra cosa es Manolo artista. Eso son fanatismos que no tienen nada que ver conmigo». Así forjó más de 40 obras que hoy son patrimonio de la danza cubana .

En 2022, al acogerse a la jubilación, sus compañeros no le dijeron adiós. Fue un «hasta luego» con dos estrenos: Oggún Oshaniwe e Iyalode, rezos y poemas que honraban a los orishas . El maestro se retiraba, pero su legado, como su filosofía, permanece: «Uno tiene que reconocerse, reconocer sus raíces, para enfrentar el porvenir».

Foto: Radio Enciclopedia

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