Dentro de la estela de notables artistas cubanos que han buscado espacios para el desarrollo del arte musical nacional figura, sin dudas, el nombre de Jorge Anckermann Rafart. Contrario a lo que muchos creen, su padre, Carlos, era mallorquín y no holandés y fue un músico y pedagogo que se estableció en La Habana en 1847, con apenas 18 años de edad.
Era cuestión de tiempo para que a sus futuros hijos les tocara vivir la ruptura de Cuba con la metrópoli española, y que ello conllevara, a su vez, un cambio en el lenguaje artístico, como consecuencia de la búsqueda de la cubanidad.
Jorge nació el 22 de marzo de 1877 en el habanero barrio del Santo Ángel, y como era costumbre en las familias de artistas, recibió de su padre las primeras clases introductorias a la música; gracias a las cuales integró varios formatos y llegó a independizarse laboralmente a la temprana edad de 15 años.
Ya en ese momento era director musical de la compañía bufa de Narciso López, con la cual se estableció en México durante varios años, además de hacer giras a otros países. El talento del joven pianista y violinista era tal, que sus pegajosos danzones fueron en gran medida la llave de entrada de la mencionada compañía a ese país y, obviamente, una etapa de aprendizaje personal desde la cual brotaría poco tiempo después una obra única.
El roce de Anckermann con el teatro musical cubano podemos situarlo en sus contactos con protagonistas indiscutibles del género, como por ejemplo Luis Casas Romero, quien había sido invitado a tocar flauta en los cines silentes, en una pequeña orquesta creada por Anckermann y donde sus danzones fueron popularizándose.
De esa forma comenzó a relacionarse con gente del teatro, como los hermanos Gustavo y Francisco Robreño, quienes le encargaron la música de la revista Ni loros, ni gallos, estrenada en septiembre de 1899 en el teatro Lara.
En esa misma línea compositiva, cabe destacar que Anckermann escribiría también “La gran rumba“ (parodia de la revista española La Gran Vía) estrenada en el teatro Tacón. Crearía obras sin descanso y sería, además, una figura imprescindible en el ya desaparecido pero referencial teatro Alhambra, del que fue director musical hasta su cierre definitivo en 1935.
Anckermann transcribió durante años piezas, sobre todo de la trova, de compositores que no sabían escribir música, e instrumentaba, para la escena del Alhambra, temas de Alberto Villalón, Rosendo Ruiz, Manuel Corona, Graciano Gómez, Eusebio Delfín o Sindo Garay; aunque su mayor producción la dedicó a escribir revistas musicales, sainetes y zarzuelas.
Entre sus temas más conocidos están “Flor de Yumurí“, “Un bolero en la noche“, “El quitrín“ y la rumba “Galleguíbiri-Mancuntíbiri“, popularizada por la película “La bella del Alhambra“, de Enrique Pineda Barnet. A su vez, los danzones “El país de las botellas“ y “La isla de las cotorras“ son referenciales en el teatro vernáculo cubano.
Y aunque su obra autoral abarcó diversos estilos, en los que incluyó casi todos los géneros populares cubanos, su trascendencia la logra con la guajira “El arroyo que murmura“, catalogada como primera de su tipo en la música cubana, y gracias a la cual se le otorgó a Anckermann la paternidad del género.
Foto: Rita Montaner ensaya un número junto al maestro Jorge Anckermann. Foto: Archivo de Granma
Fuente: Granma
