El 17 de febrero de 1952 nació en La Habana Beatriz Márquez, y con ella comenzó a gestarse una de las voces más elegantes y perdurables de la canción cubana. Hay intérpretes que atraviesan épocas; Beatriz, en cambio, las habita. Su canto no impone: persuade. No exagera: emociona. Por eso el público la hizo eterna bajo un sobrenombre que resume su esencia: La Musicalísima.
Hija del compositor e intérprete René Márquez, creció en un hogar donde la melodía y el rigor creativo formaban parte de la vida cotidiana. Esa raíz marcó su carácter artístico: disciplina, respeto por la obra y una musicalidad natural que pronto se haría evidente. Tras formarse académicamente, inició su carrera profesional en 1968, cuando debutó en los escenarios habaneros y comenzó a consolidar una presencia que combinaba juventud y sorprendente madurez interpretativa.
En esos primeros años integró el grupo Los Barbas y también realizó presentaciones en formato de dúo, experiencias que pulieron su dominio escénico. Fue el periodista Orlando Quiroga quien, impactado por su afinación impecable y su capacidad para moverse con naturalidad entre registros y matices, le otorgó el apelativo de La Musicalísima, un nombre que no era estrategia promocional, sino definición artística.
Paralelamente, su paso por la emblemática Orquesta Riverside fortaleció su proyección artística. Cantar junto a una de las agrupaciones más importantes del país le permitió dominar el diálogo con grandes formatos sin perder la intimidad expresiva que caracteriza su estilo.
Después de esa experiencia, Beatriz se proyectó como solista, donde terminó de definir el estilo que la distinguiría: interpretación contenida, fraseo elegante, gran musicalidad y una selección cuidadosa del repertorio.
Fue precisamente como solista que alcanzó su consagración en el Concurso Adolfo Guzmán de la Televisión Cubana en 1971, con “Espontáneamente”, y donde construyó el prestigio que la acompaña. Allí obtuvo el Primer Premio de Interpretación con “Espontáneamente”, de Tania Castellanos.
Aquella actuación no solo le dio un galardón: la confirmó como una vocalista capaz de convertir la técnica en emoción palpable. Su vínculo con el certamen en otras ediciones se convirtió en referencia de excelencia, defendiendo obras que alcanzaron premios y amplia repercusión dentro del panorama musical cubano.
A lo largo de más de cinco décadas ha defendido el bolero, la balada y la canción contemporánea con una coherencia admirable. Temas como “No respondo” y “Y si te quedas, ¿qué?” quedaron asociados a su timbre cálido y su fraseo refinado. Ha representado a Cuba en escenarios internacionales y participado en festivales donde su interpretación ha sido celebrada por la crítica especializada.
En 2014 recibió el Premio Nacional de Música, máximo reconocimiento que consagra su trayectoria como parte esencial del patrimonio sonoro de la nación. Más que un lauro, fue la ratificación institucional de lo que el público sabía desde hacía décadas.
Beatriz Márquez no pertenece únicamente a una generación dorada: es puente vivo entre tradición y contemporaneidad. Su voz, serena y profunda, demuestra que la elegancia no pasa de moda y que la emoción verdadera no necesita artificios. Celebrarla en su cumpleaños es celebrar la permanencia del arte cuando se ejerce con honestidad y grandeza.
Foto: Tomada de la página de Reynaldo Fernández Pavón
