Por: Ciro Bianchi
No se sabe aún, y acaso ya no se sabrá nunca, qué decidió que el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro fuese la agrupación musical cubana participante en la feria-exposición de Sevilla, en 1929.
Lo que sí está fuera de toda duda es que fue su actuación en ese importante evento uno de los factores que propició el primer boom internacional de la música cubana, y convirtió al son «en nuestro primer artículo musical de exportación, por encima del danzón». Le dio el espaldarazo definitivo, aunque justo es decir que ya para entonces septetos como el Habanero, el Occidente y el mismo Nacional habían viajado a Nueva York para grabar con grandes disqueras.
Un final feliz que tuvo, sin embargo, un mal comienzo. Durante el viaje a España, a bordo del vapor Cristóbal Colón, falleció Cheo Martínez, el primer cantante del grupo, pérdida que, llegado el caso, suplieron con fortuna Juan de la Cruz, primera voz, magnífico, y el experimentado Bienvenido León, voz segunda.
El tres y el bongó
Fue un exitazo. Los sonidos exóticos del tres y los repiques del bongó arrebataron a los sevillanos y a los visitantes, y mucho entusiasmo despertó la rumbera cubana Urbana Troche, que acompañaba las presentaciones del septeto. Grabaron seis piezas para el sello Gramófono, mientras que De la Cruz y León grababan otras seis de guarachas y punto cubano.
La empresa Sedeca los contrató como artistas exclusivos y la gira se extendió por las ciudades de Vigo, La Coruña, Santander, Madrid y Valladolid, con actuaciones además en teatros y cabarés de la capital española.
El son más gustado fue “Suavecito“, de Ignacio Piñeiro:
Una linda sevillana/ le dijo a su maridito/ me vuelvo loca, chiquito/ con la música cubana./ Suavecito, suavecito/ suavecito es como me gusta más…
En opinión del musicógrafo cubano Cristóbal Díaz Ayala en su libro Cuando salí de La Habana,1898-1997; Cien años de música cubana por el mundo (2001), el son es, sin duda, el género más importante de los desarrollados dentro y fuera de Cuba.
Resulta increíble. Puntualizaba Díaz Ayala que, mientras el danzón tuvo el predominio musical desde su aparición, en 1879, y sus piezas se grabaron profusamente, el son no había comenzado a escucharse en La Habana hasta la década de 1910, y sus primeras grabaciones no se hicieron hasta los años 20. Pero, en poco tiempo, destronó al danzón para convertirse en el género más representativo de Cuba y, como tal, fue invitado al histórico evento de Sevilla.
Para Alejo Carpentier, el son tenía los mismos elementos constitutivos del danzón. «Pero ambos llegaron a diferenciarse totalmente por su trayectoria: la contradanza era baile de salón, el son era baile absolutamente popular. La contradanza se ejecutaba con orquesta. El son fue canto acompañado de percusión. Y esto, sin duda, constituye su mayor ganancia de originalidad. Gracias al son, la percusión afrocubana, confinada en barracones y cuarterías de barrio, reveló sus maravillosos recursos expresivos, alcanzando una categoría universal».
Fue en Cuba, decía el erudito Radamés Giro, donde el son encontró su cuna mayor y definitiva, para luego expandirse por el Caribe y el resto de América Latina.
Lo más sublime
El pasado miércoles 10 de diciembre una noticia llenaba de regocijo a los amantes de nuestra música. Se hacía público que la Unesco reconocía como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad a la práctica del son cubano, una de las expresiones base de la música nacional, con un alto grado de hibridación de las músicas africanas e hispanas.
Por eso, a quién mejor para dedicar la página de hoy que a Ignacio Piñeiro, uno de nuestros grandes soneros, quien legó una de las mejores definiciones del género cuando dijo que era «lo más sublime para el alma divertir», y a quien Leonardo Acosta calificó, si no como el padre, sí como el abuelo de la salsa, por la síntesis y fusión conseguidas, no por haber acuñado el término en su famoso “Échale salsita“.
Grato recuerdo
Conserva el escribidor, entre otros recuerdos gratos de los años 60, una noche de la segunda mitad de esa década en que asistió al concierto que el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro ofreció en el teatro de la Biblioteca Nacional. Figuraban todavía en la agrupación algunos de sus fundadores, o gente que, al menos, llevaba largos años en el grupo, como Lázaro Herrera, trompeta, y Bienvenido León, maraquero con voz de barítono.
Hubo esa noche, entre una interpretación y otra evocaciones y anécdotas… No se me borra de la memoria el relato de Bienvenido sobre la noche en que una amante despechada quiso envenenarlo enmascarando en una taza de café unas gotas de una sustancia conocida como verde París. Café que él, intuyendo las intenciones de la dama tras el amable ofrecimiento, se negó a degustar.
Ya para entonces Piñeiro había muerto, el 12 de marzo de 1965.
Más acá en el tiempo, a comienzos de la década del 70, una radioemisora habanera sacaba al aire todos los domingos, al atardecer, un programa muy escuchado con la música del Septeto Nacional. Un buen día dejó de salir, al igual que el de Tejedor en la tarde, por la COCO, y otros tantos que seguíamos miles de radioescuchas.
El timbre de oro
Ignacio Piñeiro Martínez nació en La Habana el 21 de mayo de 1888. El contrabajo fue su instrumento. Inició su carrera artística con El Timbre de Oro, grupo de clave y guaguancó, y, con posterioridad, dirigió Los Roncos de Pueblo Nuevo, con el que dio los primeros pasos como compositor.
En 1926 estuvo entre los fundadores del Septeto Occidente, de María Teresa Vera, que terminó traspasándoselo cuando sus santos le prohibieron seguir cantando en público. Ya para entonces, con la autora de “Veinte años“ había hecho su primera gira por EE. UU.
En 1927 surge el Septeto Nacional y en 1933 está, junto a su grupo, en la feria-exposición Un siglo de progreso, en Chicago. En 1934 se retira del septeto, que queda bajo la dirección del trompetista Lázaro Herrera hasta que lo reasume en 1954.
Un hecho importante: el compositor norteamericano George Gershwin, autor de “Rapsody in blue“, escuchó “Échale salsita“ durante su visita a La Habana de 1933 y utilizó el tema, ejecutado en la trompeta, en su “Obertura cubana“.
Como compositor, Piñeiro legó una obra extensa que abarcó no pocos géneros. Se movió en la canción, la conga, el danzón y el guaguancó. También en la guaracha, el villancico, la rumba y el pregón, pero sobre todo en el son: escribió unas 70 de esas piezas. De entre ellos figuran entre los más recordados “El castigador“, “No juegues con los santos“, “La cachimba de San Juan“ y “Esas no son cubanas“. “Suavecito“ es de 1930, y de 1933, “Échale salsita“.
Es una obra, aseguran especialistas, que puede dividirse en múltiples temas, entre los que se encuentran el amor, la Patria, la reflexión filosófica, la política, lo bucólico, lo infantil, expresados en diversidad de formas: satírica, apologética, humorística, y con mayor profundidad que en la producción sonera que le antecedió, e incluso con la que convivió.
Innovador, rompió en sus composiciones con el son oriental, del que no dejó de tomar elementos. Incursionó en anagramas como el afro-son, el guaguancó-son, la rumba-son y el tango-son.
Apunta Leonardo Acosta en su imprescindible Descarga cubana (2000): «Ignacio Piñeiro resultó el primero en lograr un acercamiento entre los dos géneros populares básicos: la rumba (de Occidente) y el son (de Oriente), ambos representativos de lo popular raigal en la isla…».
Como afirmó Radamés Giro, Piñeiro hizo un son que hoy podemos llamar clásico y lo convirtió en un modelo para su desarrollo ulterior, un alto exponente del son cubano con amplio tratamiento de lo musical y lo literario.
NOTA EDITORIAL
Esta crónica de Ciro Bianchi apareció publicada en Juventud Rebelde, el 20 de diciembre de 2025.
