En ciertos rincones, la música no se limita a sonar: respira. Se desliza por los portales, se adhiere a las paredes, se vuelve gesto, disciplina y abrazo. En el reparto Alamar, en el municipio Habana del Este, ese impulso tiene nombre propio: Acontratiempo, un proyecto que, desde la sencillez de un aula hasta la amplitud de la comunidad, ha sabido convertir el arte en refugio y en destino.
Nació en noviembre de 2006, casi en silencio, como parte del servicio social de la instructora de arte Jacqueline Betancourt Iglesias. Ocho niños bastaron para encender la chispa. Pero la chispa encontró pronto su cauce: el aula quedó pequeña, el patio escolar se abrió como escenario y, sin darse cuenta, la comunidad entera comenzó a danzar al mismo ritmo.
Desde entonces, el propósito ha sido claro y profundamente humano: ofrecer a niños y adolescentes un camino distinto, un espacio donde crecer lejos de la intemperie de la calle. Jacqueline lo dice sin rodeos, con la honestidad de quien ha visto transformar vidas: era necesario que los jóvenes tuvieran algo más valioso que “jugar bolas” en las esquinas. Así, el rigor del ensayo se convirtió en abrigo, y el escenario en una escuela de carácter.
En Acontratiempo, la música popular cubana no es acompañamiento: es raíz. Cada coreografía es una conversación con la identidad. Jacqueline defiende esa elección con una convicción serena: “Prefiero trabajar lo mío”. Y en esa preferencia late una declaración de principios: rescatar, sostener y transmitir lo que nos pertenece.
Pero no se trata solo de bailar. Aquí se cultivan valores que crecen al mismo compás que los pasos: respeto, humildad, disciplina, compañerismo. Una ética del cuerpo y del espíritu que se traduce en convivencia, en equilibrio emocional, en la posibilidad de ser mejores dentro y fuera del escenario.
Las voces de las niñas confirman lo que la escena sugiere. Andrea García habla del baile como quien describe un territorio íntimo: un lugar donde se siente “feliz y libre”, orgullosa de representar sus raíces. Daniela García, en cambio, encontró en el grupo una forma de transformar su carácter; hoy sueña con ser bailarina profesional y ha descubierto en el arte una manera de decirse al mundo.
No ha sido un camino exento de sombras. La pandemia de la COVID-19 impuso un silencio de dos años que amenazó con apagar la danza. Pero el proyecto resistió. Lo sostuvo la insistencia de las familias, la fidelidad de sus alumnos y, sobre todo, la vocación inquebrantable de Jacqueline. El regreso no fue tímido: vino acompañado de una renovación, con la incorporación de especialistas en música, teatro y técnica danzaria.
Ese renacer encontró su punto más alto en un sueño largamente acariciado: presentarse en el habanero Teatro Karl Marx. Fue, en palabras de su directora, un reto “sangreado y duro”, pero también la confirmación de que el esfuerzo colectivo puede convertir lo improbable en memoria compartida.
Hoy, a dos décadas de su nacimiento, Acontratiempo sigue creciendo. La mirada de Jacqueline apunta hacia un espectáculo integral donde danza, música y teatro se fundan en una sola voz, en un mismo impulso creativo.
Este proyecto demuestra que cuando el arte se cultiva con amor y sentido de pertenencia, su alcance trasciende el escenario. No se trata solo de formar artistas: también de modelar seres humanos capaces de escuchar, de respetar y de sostener, incluso en los silencios, la esencia profunda de su cultura.
