Las manos del ángel

Emiliano Salvador

A los quince años, Emiliano Salvador se escapaba de la rigurosa disciplina de la Escuela Nacional de Arte para perderse en las descargas del Johnny’s Dream, el club donde los músicos de verdad dirimían su duelo con el jazz cada domingo. 

Aquel muchacho de Puerto Padre, que había llegado a La Habana con un par de baquetas y muchos sueños, entendió pronto que su destino no estaba en la percusión, sino en las teclas que lo seducían en el salón de estudio. Allí, entre humo y son, fue fundando un estilo que lo convertiría en leyenda: el pianista de los pianistas.

Emiliano Salvador no fue un intérprete más. Chucho Valdés lo calificó como el mejor pianista de su generación, y no exageraba. 

Fue el más joven de los fundadores del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, acompañó a Pablo Milanés y a Silvio Rodríguez, y se bebió todas las referencias, Monk, Evans, Cecil Taylor, para devolverlas convertidas en un lenguaje propio, orgánico y profundamente cubano. 

Su disco «Nueva Visión» (1978) sigue siendo un clásico mundial, y en 1980 tuvo el honor de ser el primer músico latinoamericano invitado al prestigioso concierto «Pianissimo» de Ottawa, un santuario reservado a los mejores pianistas de jazz del planeta.

La leyenda cuenta que murió en un accidente, pero su hermano Carlos aclaró la verdad: un infarto lo sorprendió en su casa de Miramar el 22 de octubre de 1992, con solo 41 años. 

Puerto Padre lo homenajea con una plaza cuyas escaleras simulan teclas de piano, y su música, «Angélica», «Una mañana de domingo», «Poly», sigue sonando como lo que fue: el ángel que hizo hablar al piano cubano.

Foto: Cubahora

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