Por: Lisday Martínez Saavedra
Al bajar la loma hacia El Cornito, el aire parece llenarse de versos. No es solo la brisa de la tarde: son las voces que se turnan, las manos que marcan el ritmo sobre la rodilla y las sonrisas que estallan cuando alguien remata con ingenio. Así recibe Las Tunas, del 28 de junio al 2 de julio, a la “Jornada Cucalambeana”: fiesta, recuerdo vivo, escuela abierta y escenario para que la tradición de la décima siga siendo lenguaje cotidiano.
La jornada propone un encuentro cultural destinado a reivindicar y mantener viva la obra y el legado de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo —más conocido como “El Cucalambé”—y, en términos más amplios, la tradición de la décima, la poesía campesina y las expresiones populares. Celebrada en torno a su natalicio, la jornada articula múltiples acciones: concursos de décima, talleres de improvisación, conciertos, exposiciones y ferias de artesanía. En el preámbulo, el Centro Nacional de Artes Plásticas convoca el 26 de junio en la Casa de Cultura, al Salón Nacional de Paisaje, junto a actividades dedicadas a la décima mural y la artesanía, ensamblando las artes plásticas con la palabra rimada.
En el corazón de la jornada, está la décima como forma de conocimiento y práctica social. No se trata solo de competir; la décima en Las Tunas es vehículo para contar historias de la vida en el campo, de amores y desamores, de problemas comunitarios y de festejos. Cuando un improvisador remata a otro en broma y el público ríe, se está verificando algo más profundo: el diálogo entre generaciones, la crítica social con mano suave y la construcción de identidades colectivas.
Las exposiciones de paisaje y la décima mural, por su parte, recuerdan que la palabra se encuentra con lo visual. Pintores y muralistas traducen estrofas en color, y la artesanía local ofrece objetos con huellas de la isla: hilos, barro y madera que, vendidos en la feria, nutren la economía local y mantienen saberes manuales.
La Jornada Cucalambeana cumple así una función educativa invaluable. Promueve talleres para niños y adolescentes, y facilita que el arte deje de ser espectáculo para convertirse en práctica cotidiana. Profesores y promotores culturales utilizan estas fechas para integrar proyectos curriculares con la tradición oral, fomentando habilidades verbales, memorias y autoestima entre estudiantes.
En El Cornito se oyen, a la vez, la cadencia cantada de una trova y el golpe seco de la cuchilla de un artesano. Se ven manos ancianas enseñando a un niño a rimar y jóvenes documentando el evento con sus teléfonos. La jornada atrae a vecinos de barrios cercanos y a visitantes de provincias, generando un encuentro que pocas veces se repiten con tanta intensidad.
Organizadores y promotores insisten en que la Jornada no es un museo: es una práctica que se nutre de la participación. Por eso la convocatoria se extiende a escuelas, peñas y agrupaciones comunitarias. El objetivo es que ningún público sea espectador pasivo; al contrario, se busca convertir a cada asistente en parte de la tradición.
En tanto, La Jornada va más allá de la conmemoración: es una estrategia de sostenibilidad cultural. Al institucionalizar concursos, talleres y salones, se crea un circuito que incentiva la producción artística local y asegura continuidad. No obstante, los desafíos persisten: garantizar recursos estables, atraer público joven más allá de los habituales y articular iniciativas con plataformas que eleven la visibilidad nacional e internacional de los creadores tuneros.
Amanece y las plazas vuelven a agitarse con la sensación de que la décima ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: unir, narrar y enseñar. La Jornada no es solo un homenaje a El Cucalambé; es una fábrica de comunidad donde la palabra se produce, se comparte y se hereda. Allí, la poesía no es un lujo, es pan de cada día. Y en Las Tunas lo saben: mientras se reciten décimas en la loma de El Cornito, la tradición estará viva.
Fuente: Cubarte
