
La producción en versos de José Martí es muchísimo menor que su amplia escritura en prosa, en la que se incluye ante todo sus trabajos periodísticos. Sin embargo, es desde el punto de vista de la creación, un poeta por excelencia.
Algunos estudiosos de su obra lo consideran el iniciador del movimiento literario conocido como modernismo; para otros su poesía va más allá y por tanto no lo limitan con las riendas de una tendencia específica. Lo que nadie duda es en calificar a Martí como un renovador de la poesía en lengua castellana y el más importante e influyente poeta de su generación.
Sus discursos, cartas, artículos periodísticos, ensayos, dramas y documentos políticos aparecen escritos en una prosa verdaderamente poética. Consideraba que de toda su obra, lo único que valía la pena recoger y publicar eran precisamente los versos y así lo hace saber en su carta-testamento a Gonzalo de Quesada.
En vida publicó y sufragó él mismo dos cuadernos de poesía: Ismaelillo, en 1882 y Versos Sencillos en 1891. También dejó preparados los prólogos de los poemarios Versos Libres y Flores del destierro, que vieron la luz después de su muerte.
En todos estos libros se destaca el desgarramiento profundo, sincero y humano de sus poemas y el autor confiesa la autenticidad de los versos que lo integran y las circunstancias de su vida en que nacieron los mismos al asegurar: «Estos son mis versos. Son como son. A nadie los pedí prestados».
Cuando hablamos del Apóstol como poeta no podemos olvidar al hombre, al patriota y al revolucionario que dedicó la mayor parte de sus 42 años de vida a luchar por la libertad de su Patria, a lograr la unidad de todos los cubanos de buena voluntad y a preparar la guerra necesaria.
En los versos encontró el Maestro la mayor alegría de su vida, desahogo a sus emociones, vía para dar rienda suelta a su intimidad, a la añoranza por el hijo ausente, al amor y el desamor.
Ese ideal del hombre con una misión en la tierra está presente en el poema “Yugo y estrella”. Entre las dos insignias que la vida le ofrece escoge «la estrella que riega luz», al decir:
Dame el yugo, ¡oh mi madre!, de manera
que puesto en él de pie, luzca en mi frente
mejor la estrella que ilumina y mata.