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Eterna Rosa de Cuba

Fecha de Publicación: 2020-06-16 17:01:30


Dicen los que la conocieron que era jovial en público y melancólica en la intimidad y que se hizo más artista y más bella con la sensibilidad y la sabiduría de los años.

Aunque nació en New York en 1923, nadie duda de su cubanía, afianzada desde que la trajeron a la Isla cuando tenía tres años. En su casa había una buena discoteca y su madre le decía: «te contaré el argumento de esta ópera», para luego ponérsela en el tocadiscos. Así fue creciendo Rosita Fornés, la gran vedette de Cuba.

Sacrificó su adolescencia para saber cantar. No asistía a fiestas para cuidarse la voz, pero se aprendía las canciones populares del momento. Bajo las enseñanzas de cinco profesores se preparó para su primera presentación en la Corte Suprema del Arte, donde cantó la milonga andaluza “La hija de Juan Simón”.

Aquel primer premio inició su vida en el arte, aunque tuvo que imponerse porque su padre no quería que fuera artista. Tenía 15 años y casi enseguida debutó con la compañía de zarzuelas y operetas del español Antonio Palacios. Muy pronto también asumió su primer papel en el cine: interpretó a una madre con tres hijas y cualquiera de ellas la aventajaba en edad.

Cuentan que la Guerra Civil la sorprendió en España, pero retornó a Cuba y ya a los 20 años tenía una carrera hecha. Incluso, el día que cumplió los 18 celebró también su 150 presentación consecutiva en Luisa Fernanda, donde asumió el papel de la duquesa Carolina. A sus autores los conoció en México cuando se presentaba en una revista musical. Moreno Torroba y Fernández Shaw quisieron conocerla personalmente, porque todos le comentaban que no había otra duquesa Carolina como la cubana Rosita Fornés.

En 2011, al frente del colectivo de Entérese, los de la radio tuve la suerte infinita de transmitir el programa en vivo desde la casa de Rosita Fornés y ella contaba orgullosa que en su larga carrera hubo más alegrías que penas.

Desde una habitación llena de fotos, premios, y recuerdos Rosita Fornés aseguró que le tocó vivir una época muy dura en el arte: «Subía una obra nueva a escena y el teatro la programaba en dos funciones diarias de lunes a sábado y tres el domingo».

Sin embargo, eso le aportaba una escuela tremenda y una confianza extraordinaria. Y al mismo tiempo la obligaba a seguir estudiando, hacerlo sobre la marcha, aunque tuviera que sacrificarlo todo en aras de su arte. Para Rosita Fornés, cada día, con cada presentación ante el público, se volvía a empezar.

Sin embargo, ella no supo nunca pedir trabajo. Nunca se acercó a un empresario para que le diera un contrato, ni suplicó a un director por un papel. Tal vez por eso se perdió cosas que le hubieran gustado hacer, aunque no se arrepintió y se mantuvo invariable en este principio.

Hoy la gran vedette de Cuba pasa definitivamente a la inmortalidad como un mito viviente de nuestra cultura.

A pesar de sacrificarlo todo por los aplausos, Rosita Fornés cuidó mucho a su familia: A su madre que la acompañó durante mucho tiempo, a Rosa María, la hija que tuvo con el actor mexicano Manuel Medel y a Tania, la hija de Armando Bianchi que llegó a su vida siendo muy pequeña.

La relación de Rosita Fornés con Armando Bianchi duró 28 años hasta la muerte de este recordado actor, su compañero en la vida y en el escenario. Por eso decía que tenía dos hijas, y los hijos de Tania son tan nietos suyos como los de Rosa María.

Aquella mañana en casa de Rosita estuvimos acompañados por las fotos de gente que quiso mucho: Cantinflas, Pedro Vargas, Libertad Lamarque y el maestro Lecuona…y otras donde ella estaba compañía de Jorge Negrete, Pedro Infante, Benny Moré y Adolfo Guzmán, todas grandes figuras que fueron sus amigos o con las que compartió el escenario.

A Rosita Fornés se le consideró en su tiempo la gran vedette de América. Fue también la mujer más deseada de Cuba y figuró entre las mejor vestidas de la Isla.

Más allá de esa imagen que cautivó a tantos, Rosita Fornés fue siempre una mujer audaz. Y esa audacia le valió mucho en un medio como el artístico, donde para triunfar no basta el talento, pues también son necesarias la suerte y la oportunidad.

Cuando le pregunté cuál había sido el secreto de su éxito, respondió con seguridad: «Aparte de la calidad de mi trabajo, el hecho de haber sabido ir con el tiempo».

Sin embargo, los años han pasado y muchos tratan de encontrar a su seguidora en cada nueva figura que emerge, tal vez buscando en cada joven talento esa personalidad deslumbrante y multifacética que caracterizó a esta estrella. Pero las comparaciones resultan estériles, porque nadie se parece a Rosita Fornés, la más célebre de las vedette cubanas de todos los tiempos.

Por eso hoy su pueblo la recibe, la abraza con ternura en el teatro Martí, recinto donde tantas veces regaló su arte y tantas veces recibió aplausos y ovaciones. Su patria la acoge con admiración y orgullo para honrarla con la certeza de su inmortalidad.



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