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Sabor a bolero: Fábula y melodrama

Fecha de Publicación: 2018-06-26 12:27:41


Leonardo Acosta

El bolero es como un personaje de ficción alrededor del cual se crea toda una trama y se inventa una biografía con visos de credibilidad. La palabra misma significa mil cosas distintas, según nos encontremos en España, Guatemala, México o Cuba. En el aspecto musical, la biografía que de él nos han contado es algo escurridiza y nos mueve a la sospecha, cuando no al escepticismo. Se nos dice que el bolero fue un aire en tiempo de ¾ muy popular en España, y también en Cuba, sobre todo a principios del siglo XIX.  El bolero cubano, en cambio, proviene de la vieja trova santiaguera, con Pepe Sánchez como presunto iniciador y Sindo Garay como baluarte principal.

[…]

Una vez recorrido este camino, el bolero se nos presenta como un género de contornos musicales bastante imprecisos. Evolucionó desde el estilo de la trova, y marcado por el cinquillo danzonero, hasta el más cosmopolita de los años veinte y treinta en sus vertientes yucateco-veracruzana y cubano-boricua, quizá un poco más apegada al ámbito sonero, aunque en definitiva se impone un estilo en esencia latinoamericano y casi transamericano por la facilidad con la que lo adaptan los estadounidenses a sus gustos. Luego surge el bolero "duro" y arrabalero, signado por los conjuntos, con su mayor énfasis en lo ritmático-sonero y por tanto bailable. El propio estilo "arrabalero" ha pasado de moda; vuelven los acompañamientos de guitarra sola, tríos, secciones de cuerdas, abandono de la antes "sacrosanta" clave y empleo del bongó  ̶cuando lo hay̶  apenas como reminiscencia y efecto colorístico. Pero todavía podemos buscar el meollo del bolero en otra parte.

Ante todo, pensamos que en el bolero hay una estructura dramática, al igual que en cualquier obra musical o texto poético. El venezolano Rafael Castillo Zapata se ha referido a «los poderes del discurso bolerístico, su realismo, su eficacia dramática» (Fenomenología del bolero, Caracas. Monte Ávila, 1990). Nos referimos aquí a la letra que narra una historia o anécdota, describe una atmósfera o ambiente y, sin duda, posee una dramaturgia. Esa historia puede ser muy diversa y oscila entre la fábula y el melodrama. Por una parte, el drama (o microdrama) que encierra el texto de un bolero, así como su representación o performance, es perfectamente comparable a la forma extrema, por desmesurada, de un melodrama seriado o serial radial o televisivo. También Castillo Zapata ha detectado en el bolero el «legado del drama decimonónico y actual» y de las radionovelas, junto con las maneras estilísticas de la poesía romántica, modernista y postmodernista (no postmoderna) latinoamericana.

Para redondear el paralelo entre el melodrama radial y el bolerístico basta mencionar el clásico bolero cubano "Te odio y te quiero" y el nombre de su autor: Félix B. Caignet. Este número, denigrado por los puristas del "buen gusto", es, en mi opinión, uno de los más representativos de la esencia del bolero en cuanto a su temática del eterno conflicto amor-odio. Su autor es nada menos que el padre de los melodramas radiales en la América Latina con El derecho de nacer, luego llevado dos veces a la pantalla por el cine mexicano y, finalmente, realizado como serial televisivo en Veracruz, después que Cuba vendiera sus derechos a la televisión mexicana, en evidente muestra de incomprensión hacia un gran creador y difusor de la cultura popular cubana, e iniciador indiscutible de los seriales melodramáticos, radiales o televisivos.

Pero nos habíamos plateado un binomio fábula-melodrama. Y al hablar de fábulas, encontramos pocas tan perfectas como el viejo bolero "Y tú que has hecho", de Eusebio Delfín, más conocido como "En el tronco de un árbol". Se trata de una auténtica fábula que no envejece, como nunca envejecen Lafontaine ni Hans Christian Andersen. Hay drama y anécdota en "La cleptómana", de Manuel Luna (sobre texto de Agustín Acosta) como también, más modernamente, en "Tú me acostumbraste", de Frank Domínguez.

En cuanto a la ambientación, hay ejemplos que van desde "El cuartico", de Mundito Medina, popularizado por la voz arrabalera de Panchito Riset, hasta los parques de "Canción de un festival", de Portillo de la Luz. Números evocadores de un paisaje urbano que no es ya la descripción bucólica de antaño, con sus bohíos y guajiritas, la «manita blanca» que te dice adiós o las «palmeras borrachas de sol».

En un libro sobre música caribeña (o tropical), del mexicano Jaime Pérez Dávila (Del amor y de la fiesta en el son. México, 1988), el autor analiza la temática del bolero y establece una interesante categorización o tipología, con cinco subtipos: 1) amor por alguien; 2) requerimiento amoroso; 3) deseo; 4) carencia dolorosa de amor, y 5) daño. Las tres primeras categorías son, en parte, discutibles, pues, a menudo, suelen mezclarse y hasta confunbdirse en el bolero.

En cambio, la cuarta, carencia dolorosa de amor, que podríamos designar también como alejamiento amoroso, tiene un carácter muy definido y ha sido una constante en el bolero, desde números como "Ausencia", de Jaime Prats, cuyo verso clave («Ausencia quiere decir olvido») es prácticamente la misma idea expresada treinta años después por Roberto Cantoral en "La barca" («Dicen que en la distancia está el olvido») y plasmada en otras obras maestras como "Contigo en la distancia".

A su vez, el subtema quinto, el daño debido a la incomprensión, a no ser correspondido, al olvido o, lo peor y más común, a la traición, es, quizá, el más típico dentro del bolero arrabalero realista y machista, blanco preferido de críticos y detractores del género. Los ejemplos son inagotables, y hay textos de tintes casi siniestros. En otra parte he dado ejemplos del repertorio cubano (El bolero y el kitsch), pero los mexicanos no se quedan atrás, apoyados, además, por el cine, en ese género que Yolanda Marrero Rivas (Historia de la música popular mexicana. México. Alianza Editorial Mexicana, 1979) ha designado como "bolero-cabaretero" o "bolero-gángster". Recordemos no más Carne de cabaret, Pervertida, Cortesana y tatos otros filmes.

Pudiéramos sugerir otro subtipo, que llamaríamos "amoroso-clasista", y que consiste en el conflicto entre la mujer rica y el hombre pobre, curiosamente la antítesis del tema de la novela rosa o el melodrama usual entre la mujer pobre y el hombre rico. Este bolero incluiría "Amor de cobre", de Luis Marquetti; "Con mi corazón te espero", de Humberto Suárez; "Quinto patio", de Luis Arcaraz y "El bardo", del boricua Bobby Capó y famoso en la voz del chileno mexicanizado Lucho Gatica. Todo muy latinoamericano, expresión  de cierto temperamento, carácter y sensibilidad comunes, sumado a un lenguaje musical al que se van agregando aires del Caribe, de México, de Suramérica (no olvidar la ranchera y menos el tango).

Cubano, caribeño, latinoamericano, universal, como «género musical cubano» el bolero es, musicológicamente, casi una entelequia. Si Natalio Galán lo llamó cariñosamente «el degenerado bolero», nosotros lo consideramos un «híbrido genial», abierto a todas las influencias, cambios y amalgamas. Como en el caso de la guaracha, que con el tiempo ha ido adaptándose a ritmos más fuertes y raigales que ella misma, el bolero depende, fundamentalmente, del texto y sus contextos, y en su aspecto musical conserva apenas su indefinible pero inconfundible «sabor a bolero», producto de las transmutaciones y transmigraciones caribeñas y latinoamericanas que nos dan a nosotros mismos ese inconfundible sabor a islas y a continente.

NOTA:       

Este artículo de Leonardo Acosta (Premio Nacional de Música y Premio Nacional de Literatura) es un resumen de la ponencia "Sabor a bolero: algunas interrogantes en torno al bolero latinoamericano", presentada en el Seminario del Festival Boleros de Oro de La Habana, 1991, e incluida en el volumen Otra visión de la música popular cubana, publicado por Ediciones Museo de la Música, en el año 2014.



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