Fecha de Publicación: 2020-06-30 08:02:20
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Cuando vino al mundo en 1921, lo hizo en el barrio capitalino de Cayo Hueso, cuna de muchos artistas y tradiciones, y por si fuera poco, en una familia de notables músicos, que integraban sus hermanos Marcelino y Oscar Valdés, percusionistas y el también gran cantante Alfredo Valdés.
Fue precisamente con este último que Vicentico Valdés se inició en el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro, en 1937, por entonces era muy joven, ya que apenas tenía 16 años de edad. Pasó después a la Charanga de Cheo Belén Puig, donde también interpretaba sones, guarachas y danzones. El próximo paso en su quehacer fue la orquesta Cosmopolita, jazz band que dirigía Antonio María Romeu.
Vicentico Valdés surgió del amplio grupo de vocalistas formados en los septetos soneros de los años 30 del siglo pasado, por lo que eran capaces de abordar cualquier género musical. Sin embargo, con él sucedió algo muy similar al caso de Panchito Riset: después de hacerse sonero se especializó definitivamente en el bolero.
En 1944 viajó a México, donde cantó con varias orquestas como las de Absalón Pérez y Rafael Paz. En tierra azteca también hizo sus primeras grabaciones. Fueron decenas de piezas, aunque casi todas de música movida como guarachas y sones.
Curiosamente en esa etapa no se dedicó a cantar boleros a plenitud, sino que los incluyó de manera fortuita a su repertorio.
Viajó después a New York, donde laboró para la importante disquera SECCO, de la que fue su productor. Allí también trabajó con dos de las más importantes orquestas puertorriqueñas del momento: la de Noro Morales y la del célebre pailero Tito Puentes. Con ambas hizo grabaciones en las que sobresalió el bolero, ahora con mayor presencia en su repertorio; así como versiones de canciones de otros países como “La vida en rosa”.
Otro género al que Vicentico Valdés dedicó mucho espacio en New York fue al mambo, que triunfaba por entonces en México y La Habana gracias a Dámaso Pérez Prado.
Vicentico Valdés disfrutó de éxito en New York con la grabación de “Nueva vida”, “Guaguancó en Tropicana”, “La gloria eres tú” y “Tú mi amor divino”, estos últimos dos boleros de José Antonio Méndez. Sin embargo, sus grabaciones de mayor popularidad fueron las realizadas en La Habana con La Sonora Matancera.
Su primera etapa en esta agrupación data de 1953 cuando grabó títulos como “Una aventura” y “Linda Omelenco”, pero sobre todo la guaracha “Yo no soy guapo” y el bolero mambo “Decídete mi amor”.
Radicado en Estados Unidos, Vicentico Valdés viajó a Cuba en 1957 para participar del espectáculo 50 años de música cubana, junto otros artistas del patio residentes en el exterior.
Sus restantes grabaciones con La Sonora Matancera datan del año siguiente y con dos de ellas alcanzó notable éxito: “Los aretes de la luna”, de José Dolores Quiñones y “Lo añoro”, de Calixto Callava.
En 1975 Vicentico Valdés participó de las presentaciones de la legendaria agrupación yumurina en una gira por Colombia, y en los años 80 cerró su ciclo con La Sonora Matancera al reunirse, en el Central Park de New York, con todos los cantantes vivos que grabaron con este colectivo musical.
Vicentico Valdés grabó por primera vez con La Sonora Matancera en 1953 y al año siguiente ya tenía su propia orquesta en New York.
La agrupación constituyó expresión de su madurez artística como cantante y su repertorio de entonces se concentró en el bolero. Así lo apreciamos en discos como Así canta el corazón y Algo de ti, donde incluyó el bolero homónimo de Juan Pablo Miranda “Tú mi adoración”, de José Antonio Méndez, entre otros. No obstante, siguió defendiendo en sus discos otros ritmos autóctonos de nuestra música como guajiras, sones y guarachas.
Se mantuvo en la preferencia del público, sobre todo latinoamericano hasta fines de los años 80 de la pasada centuria. El intérprete disfrutó de una increíble popularidad en varios países de nuestro continente, al igual que en España y Francia, donde también cantó.
Aunque se radicó en el exterior desde la década del 50, hablar de Vicentico Valdés es hablar de cubanía.
Como todos los grandes boleristas, Vicentico Valdés no solo basó su calidad en la tesitura de su voz, sino en su capacidad interpretativa, en la dramatización que hacía cuando cantaba. Su voz era decididamente nasal si la comparamos con la de Orlando Vallejo, Ñico Membiela, Orlando Contreras y el mítico Benny Moré, aunque no tanto como la de sus colegas y amigos Panchito Riset y Antonio Machín, intérpretes que como él ya estaban por entonces en Estados Unidos.
Como cantante Vicentico Valdés defendió un estilo original realzado por orquestaciones bien elaboradas. No solo fue un excepcional cantante cuyo estilo marcó pautas, también difundió a los mejores compositores latinoamericanos de boleros, y en especial a los cubanos Marta Valdés, Piloto y Vera, José Antonio Méndez y muchos otros de cuyos temas fue un valioso promotor internacional.
Cuentan que sentía orgullo y satisfacción por el éxito logrado con “Añorado encuentro”, composición de Piloto y Vera que era su preferida y que nadie cantaba como él. Luego se enamoró de “Los aretes de la luna” y de “Envidia”, otros dos boleros que hizo igualmente famosos en su voz para así completar la tríada preferida de su repertorio.