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La noble maldad de Carlos Varela

Fecha de Publicación: 2020-04-10 22:28:03


Hay trovadores que se vuelven la voz de una generación. Eso sucedió en los 70 del pasado siglo con Silvio y Pablo. El fin de los 80 y la década siguiente  tuvo en Carlos Varela al mejor de los cronistas.

No todos comprenden a este hijo que se niega a tener la manzana en la cabeza. De otros tomó la ballesta para hacerla suya. En cada disparo estaba el sentir de mucha gente. Cierta vez le pidieron un epitafio y escribió: «Les ganó a todos: murió en Cuba».

Nacido el 11 de abril de 1963, Carlos Varela hace Revolución desde su obra y es un clásico de nuestra música. Hoy comprende que la luz de “Memorias” sigue iluminando la Isla. Conoce a muchos que comparten su dirección y a otros que van en sentido contrario: Explica: «En la vida los azares y los sueños son más o menos como los caminos y conozco también demasiada gente que los confunde. Alguna vez me ha pasado que me muevo contrario a mucha gente pero al final siempre reconozco que no me muevo solo. Como diría Lennon, sé que soy un soñador, pero no soy el único».

Carlos Varela está lleno de sueños, muchos convertidos en canciones. Dice que no le gusta contarlas sino cantarlas. Quien se detenga a escuchar, puede enterarse de pequeñas cosas. Sabe que el pasado pesa demasiado y no vuelve. Pero se da el lujo de soñar y si tuviera que escoger un momento escogería 1990 para regresar a su madre, a quien dedicó la canción “Monedas al aire”.

Carlos Varela trabaja el amor de una manera diferente. En un tema ácido como “Cuchilla en la acera” se pregunta ¿Qué está pasando, mi amor, que la ciudad no es la misma de ayer? Tiene hermosos temas románticos como “Gretel”, dedicado a su esposa, pero prefiere amar en vez de reflexionar sobre lo que ama. Y ama también al barrio, a los amigos, al país. Tiene cierto amor por lo extraño y un amor desbordado por Cuba, en la que vive, en la que cree, por la que apuesta todos los días porque cree en el hombre y en sus ideas honestas

Para este gnomo grande lo importante es la voluntad de la gente de transformar el país y seguir aquí porque salvar la rosa tiene su precio:

Mucha gente apostó a que yo me marcharía, pero no ahora, sino en los años más duros. Todo lo que me han dado mis canciones, para bien y para mal, son el resultado de cuidar la rosa. He defendido mi obra sin concesiones y eso tiene su precio. Me han invitado muchas veces a renunciar al país para entrar en ciertos mercados. No podría hacerlo, apenas he tratado de defender mi obra desde una isla y lo seguiría haciendo aunque el agua me dé al cuello.

En 1994 salió en España el fonograma Como los peces, con temas inolvidables como el que le da título, y en el cual se apropia de un estribillo de Miguel Matamoros. Varela estaba escribiendo sobre la relación entre el silencio y el pez, sobre el silencio y la lágrima y recordó de pronto el llanto oscuro del sonero. Ambos hablaban del abandono desde lugares diferentes. Por eso insertó fragmentos de Matamoros en “Como los peces”. Al final volvió a trazar un círculo, pero como las tizas no escriben en la arena, el círculo fue de lágrimas, lágrimas negras.

En ese mismo disco hay una polémica “Foto de familia”, un leñador sin bosque, un graffiti de amor y un llamado a que tú traigas el sol. Resulta difícil escoger un tema. Pero “Habáname”, a mi juicio, es la canción de amor más desgarrada que se le haya escrito a la capital:

La siguiente producción de Carlos Varela marcó un cambio. Retomó la guitarra. Buscó un grupo de canciones nuevas y descubrió que todas hacían una nube que gira en torno a otras Nubes. Al final sólo ese podía ser el título del disco. Hay pop, rock, folk y canción. Por vez primera consiguió combinar la poética urbana con elementos de la naturaleza. Lo definió como «un disco lleno de días nublados y de soles, de sequías y lluvias, sombras y luces, muros y puertas, ying y yang, ruido y silencio, exilios y árboles que le dan un toque muy especial a esa doble sucesión de azules que hay en la Isla».

Mucho ha transcurrido desde la primera presentación en público de Carlos Varela, sin embargo no se da por vencido.  Además de la guitarra, tiene en el hombro unas cuantas canciones que no le pesan, y más que pan y gloria, le han dado dolores de cabeza y peleas, lo cual le llena de ánimos y deseos para escribir otro montón más. «Mientras más avanzo descubro que aún me queda mucho más por hacer. Aunque yo también creo que ninguna canción va a cambiar el mundo vivo feliz de ser tan cabeciduro y esa fortuna no me la va a cambiar nadie».

Carlos Varela siente las canciones como estados de ánimo. Se conecta con lo que siente, con el mundo que está mirando y contando, incluso muchas nacidas a partir de un elemento fantástico son apenas pretexto para narrar el Macondo cubano.

Gracias a su tema “Delicadeza” Carlos Varela ganó la enemistad de los homofóbicos. Con “Callejón sin luz” despertó suspicacias en los puritanos y “El humo del tren” molestó también. Pero Siete es un disco de madurez.

 ¿Cómo sería una canción antológica de Carlos Varela? El trovador recorta versos y los pega. Entonces esa obra que bien pudiera llamarse Robinson Varela diría algo así: no tengo mucho más de lo que puedo hacer, yo soy uno más, y aunque no tengo bosque, sueño con árboles solo en una isla.

Al decir de Silvio Rodríguez, es un talentoso practicante de la canción pensadora, arte difícil y necesario, que tiene el duro oficio de existir entre los avatares sociales y humanos. Desde aquí nuestras felicitaciones y el deseo infinito de que se multiplique su noble maldad de hacer excelentes canciones.



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