Fecha de Publicación: 2020-07-07 21:01:35

Cantar y hacer reír al pueblo fue el signo que eligió Adolfo Alfonso para vivir. Siempre supo que le apasionaba la música, sin embargo, encontró su verdadera dimensión al ser parte indispensable de la décima criolla.
Desde su nacimiento, el 8 de julio de 1924 en Melena del Sur, no fueron pocas las labores que desempeñó, para luego irse abriendo paso como intérprete de cualquier tipo de melodías, aunque los tangos lo atraían demasiado.
Nadie podía imaginar que un hecho trascendental en la historia de la música guajira, también repercutiría definitivamente en el futuro de Adolfo Alfonso.
Contaba solo 16 años cuando tuvo lugar la célebre controversia entre el Indio Naborí y Angelito Valiente. Fue tal el impacto que le causó aquel acontecimiento, que cambió para siempre el rumbo de su existencia.
Desde entonces, el inquieto joven se empinó entre los cantores de punto cubano. La Isla era pródiga en excelentes cultivadores del género y junto a ellos fue aprendiendo y descubriendo un amor, al cual no renunció jamás.
No le fue difícil a Adolfo Alfonso alzarse con maestría. Era un improvisador nato y ese detalle hizo la diferencia para entonar décimas guajiras que asombraron al mundo por su chispeante gracejo y su elegante modo de dibujar con palabras la campiña y la vida de nuestro pueblo.
Muy pronto otro suceso marcó su carrera con un sello distintivo: su encuentro con Justo Vega. Para él fue como su hermano mayor o su padre, pero de una forma u otra, quedaron unidos para la memoria colectiva como dos de los más grandes repentistas que hicieron época en la radio y la televisión nacionales.
Las famosas controversias con Justo sentaron cátedra para las posteriores generaciones de decimistas en Cuba. Cuando su compañero de brillantes actuaciones no pudo estar más, Adolfo Alfonso no se vinculó a otro cantante. Prefirió guardar como un tesoro aquella amistad sincera que tanto le hiciera polemizar públicamente y que el auditorio esperaba como el mejor espectáculo.
Su voz en solitario continuó vibrante y alegre, llenando un sitio imperecedero que ni su muerte puede borrar: