En la memoria de los barrios habaneros hay sitios que laten con un pulso distinto. El Fanguito, comunidad en transformación del municipio Plaza de la Revolución, es uno de esos lugares donde la identidad no se decreta: se hereda por vía sanguínea y se defiende con el toque de cajones y tambores.
Los habitantes de este barrio humilde se niegan a dejar morir sus tradiciones. Nilda Lesmes Romero no necesita presentación en el vecindario. Es de esas voces autorizadas que guardan el archivo oral de una comunidad.
«Mi familia es fundadora de este barrio, personas nativas que nacieron aquí”, afirma con la seguridad de quien ha visto crecer varias generaciones entre sus calles.
Según su relato, la rumba no llegó con la Revolución; ya estaba aquí, en los predios de El Fanguito, desde antes.
El epicentro de aquella fiesta semanal era la casa de su tío Paul. “Mi abuela tuvo once hijos y todos los domingos se reunía aquí a bailar rumba», recuerda Nilda. La cita era ineludible: venían de todas partes para escuchar el toque de los cajones y los tambores.
Nilda evoca a figuras legendarias del barrio como Picuco, Macita, Zuleika y Barbarita. Todos, de una manera u otra, nacidos entre el repique y el guaguancó.
Pero la rumba no era solo fiesta. En El Fanguito, lo sagrado y lo popular siempre han caminado de la mano. Nilda lo explica con claridad: “Este es un barrio netamente religioso. La religión nace, como se nace siendo médico o músico”. Y los santos tienen nombre propio: la Virgen de la Caridad del Cobre y San Lázaro.
De los cajones a la comparsa
La conversación da un giro y aparece la figura de Carmelo. Quien fuera padrastro de Victoria Eunice Nembhard Alba (Vicky) —otra de las vecinas que se suma al testimonio— se convirtió en el gran animador cultural de una época.
“Carmelo creó un grupo de rumba, un grupo de danza”, explica Nilda. Junto a Joseíto, conocido como “el Coronel”, de la Brigada Especial —aledaña a la comunidad— y un grupo de jóvenes que hoy rondan los cuarenta, lograron articular un movimiento que trascendió el barrio y desfilaba los 1ro de Mayo, con tumbadoras.
Vicky, que era pequeña entonces, recuerda con nitidez aquellos días. “Recibimos muchísimo apoyo de la Casa de Cultura de Plaza. De ahí salieron los instrumentos, el vestuario, y se hizo un trabajo comunitario enorme”.
Los integrantes de la comparsa ensayaban de noche, en la sede de la Brigada Especial —porque todos eran trabajadores—, y actuaban en el Anfiteatro de La Habana, en eventos municipales, en la Casa de Cultura de Plaza y en cualquier espacio que permitiera mostrar que en El Fanguito había talento de sobra.
De ese semillero surgió la comparsa de Los Payasos, con su carroza, que no debe confundirse con los actuales “Payasitos”, aclara.
Y añade que aquella comparsa era la original de Plaza: con su carroza y un cuerpo de baile que llenaba de color los carnavales con su conga. “Yo era pequeña y bailaba chachachá y mambo”, rememora Vicky.
Un legado en riesgo
Años después, en 1995, Vicky se formó como bailarina profesional de bailes populares y folklóricos, de la primera graduación de la Compañía de Danza Moderna Narciso Medina.
Durante mucho tiempo integró el grupo folklórico Obba Ilú, que pertenece al Centro Nacional de Música Popular, y muestra en su repertorio géneros como las danzas yoruba, la conga y la rumba.
Hace un tiempo atrás, la bailarina trabajó con algunos niños del barrio. Ellos formaban parte de una agrupación danzaria y participaron en festivales y concursos.
Hoy las nuevas generaciones tienen otros códigos, otras urgencias. Pero el empeño de un grupo de vecinos mantiene viva la llama. “Estamos en esto, tratando de que no muera, de rescatar todo lo que se pueda: rumba, bailes tradicionales, folklor”, sentencia Vicky.
Actualmente Vicky se desempeña como delegada de la circunscripción 97, en el barrio donde vive hace cinco décadas. Alterna su tiempo entre el trabajo social como delegada y como profesora de bailes populares en el proyecto comunitario Fanguito Mío, liderado por el promotor cultural Claudio Aguilera y que pertenece a la Uneac y al Centro Prodanza.
En un rincón de El Fanguito, entre La Ceiba —que otrora fuera testigo de toques de cajón— y el Callejón de la Cubanía, que aún guarda una Virgen de la Caridad, la comunidad se aferra a lo que es. Porque, como bien dice Nilda, la tradición no se impone: se lleva en la sangre. Y aquí, la sangre sigue sonando a tambor.
Foto: Vicky baila rumba (Cortesía de la autora)
