La más reciente propuesta de Teatro Pálpito, “Ay, ahí, hay un ruiseñor”, dirigida por Ariel Bouza a partir del cuento popular “El ruiseñor”, convierte la música en columna vertebral del espectáculo.
Radio Cadena Habana conversó con Eleanni Montpeller Díaz, diseñadora de la banda sonora e intérprete en escena del clarinete y el tres, quien nos revela cómo el universo sonoro dialoga con uno de los temas centrales del montaje: la tensión entre lo auténtico y lo artificial.
Eleanni, en esta versión la música parece ser mucho más que acompañamiento…
Exactamente. Desde el inicio, Ariel Bouza tuvo la idea de que el ruiseñor no fuera solo un personaje representado, sino una presencia sonora real. Por eso se pensó en un instrumento de viento que pudiera sugerir su canto. El clarinete abre la obra y acompaña cada aparición del ave; es su voz, su respiración, su alma.
Sin embargo, la obra habla también de lo artificial. ¿Cómo se traduce eso musicalmente?
Ahí radica uno de los elementos más interesantes. En contraste con la música en vivo —el clarinete, el tres, los puntos y tonadas— utilizamos también música creada con inteligencia artificial. Y no está ahí por casualidad. Forma parte del discurso de la obra. El conflicto entre el ruiseñor natural y el ruiseñor mecánico no es solo narrativo, también es sonoro. La música generada con IA representa esa perfección fría, brillante, técnicamente impecable, pero sin respiración humana. Es una manera de hacer audible la diferencia entre lo que nace del alma y lo que es producido por un sistema tecnológico.
Entonces, ¿la obra no rechaza la tecnología, sino que cuestiona su uso indebido?
Exacto. No se trata de demonizar la tecnología. De hecho, la usamos. Pero lo hacemos para evidenciar que, cuando se emplea sin conciencia, puede intentar sustituir indebidamente el talento humano. La obra invita a reflexionar sobre eso: ¿qué pasa cuando lo artificial pretende ocupar el lugar de lo auténtico? ¿Puede reemplazar realmente la sensibilidad? En escena el público percibe claramente ese contraste entre la música viva —que respira, que se adapta al momento, que incluso puede tener pequeñas imperfecciones— y la música artificial, que suena exacta, pero distante.
Además del clarinete, usted interpreta el tres cubano. ¿Qué aporta este instrumento a la obra?
El tres conecta la obra con nuestra identidad. Aunque la historia ocurre en la China imperial, la poética de Teatro Pálpito siempre tiene una raíz campesina. La pieza está escrita en décimas y cuartetas, y el punto cubano es una forma bellísima de narrar en verso. También trabajamos con melodías pentáfonas y ciertos guiños sonoros que evocan lo asiático para caracterizar personajes y atmósferas. Esa mezcla crea una dualidad espacial muy interesante.
El tema principal también fue compuesto especialmente para la puesta…
Sí. “Donde nace el alma”, de Luis Javier López Miranda, resume el espíritu del montaje. Yo realicé el arreglo musical, la selección de fragmentos y toda la música incidental. La banda sonora no está colocada sobre la obra: es parte de su dramaturgia. La música narra, define personajes y sostiene la emoción.
¿Qué encontrará el público cuando asista?
Seguro será una experiencia donde podrá escuchar el conflicto entre lo natural y lo artificial no solo en el texto, sino en el sonido mismo. Verá cómo dialogan la música guajira, el son del tema principal, las sonoridades asiáticas y la música generada con inteligencia artificial. Y, sobre todo, podrá preguntarse qué significa realmente que algo tenga alma.
“¡Ay, ahí, hay un Ruiseñor!” se estrenará el viernes 20 de febrero, a las 2:00 p.m., en la sala Adolfo Llauradó del Complejo Cultural Vicente Revuelta, en el Vedado habanero, y continuará en cartelera viernes, sábados y domingos, en el mismo horario, hasta el 1.º de marzo.
Una invitación para toda la familia a escuchar cómo, incluso en tiempos de algoritmos, el arte sigue defendiendo la respiración humana sobre el escenario.
