Hilda Melis: La pianista que enseñó a Cuba a escucharse

Hay músicos que eligen el escenario, y hay músicos que eligen el aula. Hilda del Carmen Melis Grass eligió ambas, pero fue en el aula donde dejó su huella más profunda.

Nació en La Habana el 26 de octubre de 1948, y desde muy joven entendió que el piano no se agota en el recital: también se investiga, se enseña y se transmite.

Se formó en el Instituto Musical Ada Iglesias y en el Conservatorio Amadeo Roldán. 

En 1969 amplió estudios en la Escuela Superior de Música de Varsovia, y entre 1980 y 1984 cursó el doctorado en el Conservatorio Rimski-Korsakov de Leningrado, donde obtuvo el título de Doctora en Ciencias de Arte. 

Su repertorio abarcaba obras clásicas y contemporáneas, europeas y cubanas, y actuó como solista invitada de las orquestas sinfónicas del país.

Pero su verdadera vocación era la pedagogía. 

Trabajó en la Escuela Nacional de Música y en el Instituto Superior de Arte, fue invitada a dar clases en Lima y en la Escuela Superior de Música de Piteå, Suecia, y entre 1984 y 1990 fue decana de la Facultad de Música del ISA. 

Después llevó su magisterio a República Dominicana, donde siguió formando pianistas.

Su vida fue un puente entre la escuela cubana de piano y el mundo. 

Participó como observadora en el XI Concurso Internacional Federico Chopin de Varsovia, en el VII Concurso de Maestría Pianística de Praga y en el Concurso Latinoamericano Teresa Carreño de Caracas. 

No iba a competir: iba a aprender, a observar, a traer ideas nuevas para sus alumnos.

Hilda Melis no dejó una discografía extensa ni una obra compositiva. Dejó algo más difícil de medir: generaciones de pianistas cubanos que aprendieron a escuchar antes de tocar.

Foto: Ecured

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