El verano habanero tiene una banda sonora propia, y este año, durante varias semanas, sus compases más auténticos se escribieron en los estudios de Radio Cadena Habana. Allí, en la esquina de J y 15, en el Vedado habanero, el proyecto I-Saber —cariñosamente bautizado por los pequeños como «la Academia Con Saber»— convirtió el aprendizaje musical en una fiesta del alma.
Bajo la dirección de la máster en Música Isabel Moinelo, a quien todos reconocen como Marisa, y el acompañamiento del Dr.C. Conrado González Prior —investigador de la identidad sonora cubana y voz cantante en los momentos más emotivos—, niños, jóvenes y adultos se entregaron por completo a la tradición criolla.
Los lunes, miércoles y viernes, de 10 de la mañana a 1 de la tarde, la emisora se transformaba en un hervidero de guitarras, baterías, pianos, bajos y percusión menor. No había un solo instrumento que dominara: todos eran parte de un mismo pentagrama.
Pero I-Saber no fue solo técnica y solfeo. Fue, ante todo, un espacio de transformación humana. Los testimonios del último día lo confirman. Abel, de 10 años, con la honestidad de quien no necesita aparentar, confesó: «No quiero ser músico profesional, solo quiero aprender». Giancarlo, de 13, miró al futuro con la certeza de quien ha encontrado un refugio: «He aprendido muchísimo».
Y luego llegó la historia que hizo temblar las paredes de la emisora. La madre de Olorum, un niño diagnosticado con TDAH, tomó el micrófono y, con la voz entrecortada, habló del «cambio magistral» que Marisa y su equipo habían obrado en su hijo. «La música es la herramienta más grande para el cambio positivo», dijo.
Otros padres asintieron, recordando la paciencia infinita del claustro, la dedicación y la calidez con que trataban a cada pequeño.
El día del cierre fue un ritual agridulce. Prior, con su voz paterna, guió una ronda improvisada donde los niños cantaron: «que me dice adiós». Sabían que aquella despedida era solo un hasta luego, porque el verano termina, pero la música que nace en las entrañas no se apaga.
Así, entre aplausos y abrazos, I-Saber guardó sus instrumentos, pero no su esencia. Porque en cada acorde aprendido, en cada risa compartida y en cada lágrima de emoción, quedó grabada la certeza de que el son cubano sigue vivo.
Y que en la esquina de J y 15, mientras el calor del verano se desvanece, el eco de aquellos días de música y corazón aún resuena. Porque I-Saber no fue un taller. Fue un regalo inolvidable.
