
Aquel amanecer del 15 de abril de 1961 quiso que la música cubana del tambor y la guitarra se trocaran por el sonido estremecedor de las bombas Made in USA.
Era preciso responder ante el humo y la metralla, que pusieron en jaque a los pocos aviones de nuestra incipiente flota aérea. Hubo un coro armónico de fusiles milicianos.
Se dejó todo, la casa, la novia, el hijo, el trabajo. La patria es de todos y cuando el enemigo fustiga, hay que defenderla. Los nombres, los héroes, los niños soldados, los obreros sin miedo.
Para el 16 de abril no había dudas.
Se decidió el único camino posible para el nuevo canto de esta nación mambisa. En las arenas de Playa Girón hubo sangre matancera, habanera, pinareña, santiaguera, de hijos nobles de la Cuba Socialista.
Los vecinos recuerdan aquellas jornadas inciertas del 17 y el 18.
Muchos no volvieron con la boina y las botas recién estrenadas. Una línea roja los convirtió en bandera, ejemplo, en himnos y poemas, en trazos redentores de una isla bastión, enigmática y firme.
Cesó el rugido fiero, una voz multiplicó cada espacio.
Para el 19, la victoria rápida destruyó la imagen invencible del enemigo yanqui, colocó la simiente contra la mala memoria e hizo inmortal al líder de la Revolución Cubana que estuvo enfrentando al enemigo.
Y volvió a sonar el tambor y se hizo trova para coronar a un pueblo que canta sus canciones, que baila su rumba y siempre idea en ristre, espera la próxima orden de combate.