
Quién diría que aquel muchachito vendedor de periódicos en Güines se convertiría en el príncipe del chiste dentro del mundo del verso improvisado. Estoy hablando de Adolfo Alfonso, el señor de la perenne sonrisa, poeta repentista reconocido en Cuba y el mundo.
Hizo suya la sentencia de que las cosas más serias se pueden decir en broma y su décima jocosa le sirvió como combate contra la sangrienta dictadura de Fulgencio Batista.
Fue por el año 1958, en El Guateque de Apolonio, transmitido por el canal 2, donde tuvo el privilegio de compartir el set por poco más de un año con Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí. En ese espacio, el Indio encarnaba el papel de Liborito y Adolfo hacía el de Manengue. Con esos personajes se atrevieron a criticar fuertemente a la dictadura de Batista.
Aquellas bromas divertían a todo el pueblo de Cuba, menos al tirano y sus sicarios. El día antes de la Nochebuena de 1958 el coronel asesino Esteban Ventura Nava irrumpió brutalmente con sus sicarios en el Canal 2, en O y 23, La Rampa, en busca de los dos improvisadores con siniestras intensiones que para nada daban risa. Informados a tiempo, escaparon de milagro escaleras abajo con olor a mártires y por supuesto, clausuraron el programa.
Después del triunfo, Adolfo siguió empuñando con firmeza su lira como enérgico machete:
Uno de los mejores pies forzados que he sacado en mi vida me lo pusieron en Las Palmas de Gran Canaria, en una actividad pública. Un señor se paró en medio de aquel salón, y con una sorna tremenda me dice: «Oye, te voy a poner un pie forzado: Entre Machado y Fidel». De más está decirte lo que sentí en ese momento, pero, firme, le respondí: «Machado fue un asesino / vendido al imperialista, / y Fidel un comunista / del tamaño del Turquino, / el asno con garras vino/ a derramar sangre, hiel, / y Fidel, del antro aquel, / hizo una patria modelo, / jamás habrá paralelo / entre Machado y Fidel».
Adolfo fue un gran revolucionario, un poeta hasta la médula, un soñador de las rimas, un hombre que nació para alegrar las fiestas guajiras, y la vida de quienes se lo tropezaron. Por esa razón la parca, cansada de su tristeza, se lo llevó a su palacio aquel 23 de enero de 2011, el único día que Adolfo hizo llorar a su pueblo.