
Carilda Oliver Labra sigue siendo un mito de la cultura cubana.
Siempre se hablará de su poesía erótica, de sus desenfrenos sentimentales, de su coquetería no limitada por el tiempo.
Sin embargo, la novia eterna de Matanzas, es más que todo eso: más que ella misma, probablemente. Es una mujer marcada por una ciudad y un río: el San Juan.
Escogió el camino del derecho, abandonado más tarde por su amor más grande: el de la poesía.
Trascendió como una mujer profundamente enamorada. Nunca tuvo reparos en hacer lo que le pareciera correcto aunque levantara olas de malas opiniones.
Su poesía desarrolló una de las características emotivas del pueblo cubano: la del amor mirado desde el punto de vista jovial, con cierta dosis de alegría y plenitud.
A veces va una por la calle, triste
pidiendo que el canario no se muera
y apenas se da cuenta de que existe
un semáforo, el pan, la primavera.
A veces va una por la calle, sola,
¡Ay, no queriendo averiguar si espera -
y el ruido de algún rostro que se inmola
nos pone a sollozar de otra manera.
A veces por la calle, entretenida,
va una, sin permiso de la vida,
con un hambre de todo, casi fiera.
A veces va una así, desamparada,
como pudiendo enamorar la nada
y el milagro aparece en una acera.
Ella no es sólo la poetisa del amor. Hay en sus versos dosis de reflexión, aunque supo como nadie expresar el clímax del amor
Carilda prefirió quedarse en Cuba cuando toda la familia se fue del país. Nunca pudo sobreponerse a la ausencia, ni siquiera con las ocasionales visitas de una parte y de la otra. Sólo podía mitigar el vacío de su amor incurable hacia esta isla:
Cuando vino mi abuela
trajo un poco de tierra española
cuando se fue mi madre
llevó un poco de tierra cubana
Yo no guardaré conmigo ningún poco de patria:
la quiero toda sobre mi tumba.
Carilda será siempre un mito de la poesía cubana. Estará no al sur, sino en todos nuestros puntos cardinales.