
Hay trovadores que se vuelven la voz de una generación. Eso sucedió en los sesenta con Silvio y Pablo. El fin de los ochenta, la década siguiente y los inicios del siglo 21 tienen en Carlos Varela al mejor de los cronistas.
Cierta vez le pidieron un epitafio y escribió: “Les ganó a todos: murió en Cuba”. Carlos Varela hace Revolución desde su obra.
Para él la luz de Memorias del subdesarrollo sigue iluminando la isla. Conoce a muchos que comparten su dirección y a otros que van en sentido contrario: “En la vida los azares y los sueños son más o menos como los caminos y conozco también demasiada gente que los confunde. Alguna vez me ha pasado que me muevo contrario a mucha gente pero al final siempre reconozco que no me muevo solo Como diría Lennon, sé que soy un soñador, pero no soy el único”.
Con 56 años, Carlos Varela está lleno de sueños, muchos convertidos en canciones. Dice que no les gusta contarlas sino cantarlas. Quien se detenga a escuchar, puede enterarse de pequeñas cosas.
Varela tiene hermosos temas románticos, pero prefiere amar en vez de reflexionar sobre lo que ama. Ama también al barrio, a los amigos, al país. Tiene cierto amor por lo extraño y un amor desbordado por Cuba. Defiende la cubanía en la que vive, en la que cree, y por la que apuesta todos los días.
Carlos Varela cree en el hombre y en sus ideas honestas. Asegura que vivir en un país como Cuba nos hace especialmente sensibles. Lo importante es la voluntad de la gente de transformar el país y seguir aquí.
Para este gnomo grande salvar la rosa tiene su precio: “Mucha gente apostó a que yo me marcharía pero no ahora, sino en los años más duros. Todo lo que me han dado mis canciones para bien y para mal, son el resultado de cuidar la rosa. He defendido mi obra sin concesiones y eso tiene su precio. Me han invitado muchas veces a renunciar al país para entraren ciertos mercados. No podría hacerlo, apenas he tratado de defender mi obra desde una isla y lo seguiría haciendo aunque el agua me dé al cuello”.
Resulta difícil preferir un tema de este trovador. A mi juicio “Habáname” es la canción de amor más desgarrada que se le haya escrito a la capital.
De la primera presentación en público de Carlos Varela hace ya 34 años, y sin embargo no se da por vencido. Además de la guitarra tiene en el hombro unas cuantas canciones que no le pesan y más que pan y gloria le han dado dolores de cabeza y peleas.
Carlos Varela siente las canciones como estados de ánimo. Se conecta con lo que siente, con el mundo que está mirando y contando. Incluso muchas nacidas a partir de un elemento fantástico son apenas pretexto para narrar el Macondo cubano. Gracias a su tema “Delicadeza” Carlos Varela se ganó la enemistad de los homofóbicos. Con “Callejón sin luz” despertó suspicacias en los puritanos y “El humo del tren” molestó a quienes lo quieren solo en la isla.
Al decir de Silvio Rodríguez, Carlos Varela es un talentoso practicante de la canción pensadora, arte difícil y necesario que tiene el duro oficio de existir entre los avatares sociales y humanos.
No todos comprenden a ese hijo que se negó a tener la manzana en la cabeza. De otros tomó la ballesta para hacerla suya y en cada disparo está el sentir de mucha gente