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Un hombre debió ser virtuoso para que se le compare con una palma, erecta e indoblegable, o con una ceiba, mágica y frondosa, que ofrece sombra y abrigo.
Quizás, fue una suerte de hechicero, capaz de bajar estrellas del cielo o inventarse encantamientos musicales que fundía pareja de danzantes «con decencia y candor», como alguien describiera en una ocasión.
A pesar de estos dones, Antonio María Romeu fue un mortal, que nació en un pueblo cercano al mar, llamado Jibacoa, el 11 de septiembre de 1876.
Y aunque nunca renegó de esa cualidad de mortal, le apodaron El Mago, porque con las teclas del piano realizaba prodigios apenas inimaginables antes de su llegada al mundo del espectáculo.
Desde los diez años se lanzó al ruedo y muy pronto comenzó a tejer la leyenda. Al romper la vigésima centuria, tocaba danzones con su piano, acompañado únicamente por un güiro y más tarde, fue uno de los primeros en tocar ese instrumento en una orquesta charanga: la del maestro Leopoldo Cervantes, pues anteriormente las orquestas de este tipo se componían solo de flauta, violín, contrabajo, güiro y timbal.
En 1911 fundó su propia orquesta que llegó a ser, en los ruidosos años veinte, la más popular del país. Ese mismo año experimentó con el uso del saxofón en la orquesta, un instrumento extraño en ese entonces en la música popular cubana,
Esas amalgamas no se terminaron ahí y al pasar los años treinta creó la llamada Orquesta Gigante de Antonio Mará Romeu, en la que incorporó metales característicos de las orquestas típicas.
Su voluntad de alquimista no se detuvo ahí, en la mezcolanza de formatos orquestales y entregó al acervo danzonero nacional cerca de 500 títulos de su inspiración ─hay quienes aseguran que son más─, entre los que sobresalen: “La Danza de los millones”, “La Flauta Mágica”, “El servicio obligatorio”, “El barbero de Sevilla”, “La cleptómana” y “Tres lindas cubanas”.
Sobre este último se cuenta una impresionante anécdota: en 1925 Romeu y su orquesta fueron a tocar en un baile donde siempre estrenaban un danzón. Esta vez, no hubo tiempo para terminarlo. Confiado en su talento, el maestro indicó a la orquesta que tocara el danzón hasta donde estaba escrito y él improvisó un solo de piano, inspirado en el son más popular de aquellos años, "Tres lindas cubanas", de Guillermo Castillo. La pieza quedó así y pasó a ser uno de los clásicos del género y puso de moda el solo de piano en las ejecuciones danzoneras.
No solo brindó al piano los aportes de su fértil imaginación. Al decir del musicólogo Radamés Giro, Romeu debe ser reconocido «como el mejor danzonero que haya escrito para la flauta de madera de cinco llaves, pues sus danzones con solos de flautas se consideran un tratado de interpretación y ejecución de dicho instrumento».
"Tres lindas cubanas"
"El Jibarito"
"El marañón"