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No se escucharán redobles de campanas en el barrio de Jesús María, en La Habana Vieja, por el aniversario de la muerte del insuperable rumbero Carlos Embale (La Habana, 3 de agosto de 1923-La Habana, 12 de marzo de 1997), se le recuerda con toque de tambores, un tributo más conforme a su leyenda.
Al musiquito parrandero de los solares le cambió la vida desde que se presentó, a finales de los años 30, en La corte suprema del arte, un programa de radio de los más populares donde concursaban los artistas aficionados.
El mulato atrevido decía en su célebre guaguancó «… a mí no me tocan campana, oye campanero...», pues en aquella sala, además de la imparcialidad del jurado, existía un elemento de terror: la campana. El estridente artefacto resonaba en el estudio ante el mínimo error que cometiese un aficionado. Recordando aquel episodio tan importante en su carrera, grabó el tema para la casa Panart con el grupo afro Lulu-Yonkori.
La aceptación ganada en la corte suprema, seguro despegue para los cantantes de la época, entre ellos Elena Burke, Olga Guillot, Tito Gómez y Celia Cruz, lo colocó inmediatamente como un cotizado intérprete de las agrupaciones de moda. Fue vocalista del Sexteto Boloña y la Orquesta Melodías del 40, que acompañaba al pintoresco Trespatines. Formó parte del Conjunto Matamoros, de Miguel Matamoros, y en los años 70 entró al legendario Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro. Colaboró con Benny Moré, Compay Segundo y con el conjunto de rumbas de Alberto Zayas, El melodioso.
No solo se le daba bien la rumba, que lo acunó desde pequeño en su barrio de estirpe africana, fue único en la interpretación de música sacra de raíces negras, yoruba y abakuá. De voz aguda y de amplio registro, dominó diversos géneros bailables de música antillana como el bolero, el son, la guaracha, en su inmensa mayoría pertenecientes a la bondadosa musa autoral de Ignacio Piñeiro. También hizo suyas obras de otros importantes compositores como Hilario Ariza, Bienvenido Julián Gutiérrez y Rafael Ortiz, Mañungo.
Con su excelencia sonera inmortalizó temas como "Cuatro palomas", "Castigador", "Lejana campiña", "Mayeya" o "No juegues con los santos", y "Tú mi afinidad". Estos son apenas breve referencia a un impresionante catálogo discográfico donde destaca, en inmejorables entregas con las que ganó un sitial que difícilmente podrá serle arrebatado.
En honor a la verdad y con pesar profundo termino este homenaje con un final infeliz. El compañero que le regalaba alegrías engañosas se convirtió en su enemigo. El 12 de marzo 1997, víctima del alcohol, Carlos Embale murió. Terminó sus días como un poseso, cubierto por harapos malolientes, la memoria sitiada por la incoherencia y los retazos de viejos sones. Deambuló por La Habana Vieja, ante el dolor del pueblo, pidiendo limosnas, hasta que fue acogido en una institución, donde se fue apagando la estrella de la rumba en Cuba.
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