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Una travesía mágica por Nicaragua junto a Liuba

Fecha de Publicación: 2018-08-03 11:11:24


Liuba María Hevia. Foto- Kaloian

Recuerdo que conocí personalmente a Liuba en los inicios del año 1989, cuando ambos integrábamos el Conjunto Artístico de las FAR (CAFAR) y fue precisamente en la preparación de una brigada artística que luego recorrería, durante casi un mes, la República de Nicaragua, ofreciendo funciones para los internacionalistas cubanos y combatientes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

El CAFAR  ─lamentablemente ya desaparecido en la actualidad─, era una suerte de comunidad artística profesional, subordinada a la Dirección Política de las FAR, cuya ocupación era ofrecer espectáculos artísticos de reconocida calidad para soldados, guardiamarinas, jefes y oficiales, en cualquier rincón del país donde se encontraran en el cumplimiento de sus servicios en defensa de la patria. A ello se fueron agregando las presentaciones para los combatientes internacionalistas cubanos que cumplían misiones en otras partes del mundo, como Angola, Etiopia y Nicaragua.

Todas las manifestaciones del arte estaban presentes en el CAFAR, engrosadas en su gran mayoría por jóvenes graduados de las escuelas de arte del país y por otros talentos que se daban a conocer en los sistemáticos festivales de la cultura que se organizaban a nivel de ejércitos y en el Festival Nacional de las FAR. Poseía en aquel momento el CAFAR un excelente ballet, un grupo de teatro, una orquesta de música popular; también intérpretes solistas, trovadores, comediantes y artistas circenses.

Yo había ingresado al CAFAR unos meses antes, en octubre de 1988, como asistente de dirección de Tito Junco, que en ese momento era el director artístico de la velada que se realizó en Yaguajay con motivo del 30 aniversario de la toma del cuartel de ese poblado por las tropas al mando del comandante Camilo Cienfuegos. Luego de cumplida esa tarea se me encomienda la organización y preparación de una brigada artística que saldría para Nicaragua. Debía ser un grupo pequeño y de pocos recursos técnicos, de tal manera que pudiera moverse con agilidad y presentarse en cualquier escenario, por pequeño e incómodo que pudiera resultar. Finalmente quedó constituido por tres trovadores, una comediante, dos artistas circenses, un sonidista y yo al frente. Los trovadores eran Rafaelito de la Torre, Alejandro Gutiérrez y Liuba; la comediante Zulema de la Cruz, procedente del Conjunto Nacional de Espectáculos; un mago, un equilibrista y un sonidista, de los cuales no recuerdo sus nombres (cuando escribo estas notas ya han pasado casi treinta años de aquellos hechos).

Salimos para Nicaragua a mediados de enero de 1989 y recorrimos durante varias semanas gran parte de la geografía nica, llevando el regocijo del arte y el mensaje solidario para nuestros internacionalistas, los médicos cubanos, las tropas sandinistas y en general para el pueblo nicaragüense.

El autor de estas notas con Liuba en el volcán Masaya. Nicaragua

Durante esas semanas pude confraternizar con Liuba  y aquilatar la persona extraordinaria que es: desde su sentido solidario, su carácter abierto y espontáneo, su generosidad a toda prueba, su valoración de la amistad, ese fino sentido del humor y la simpatía que genera en los más diversos públicos. Ya ella llevaba varios años en el CAFAR y había podido participar en varias misiones a Etiopía y Angola. Esta de Nicaragua tampoco era la primera, así que acumulaba una vasta experiencia interpretando sus canciones, acompañada invariablemente de su guitarra,  en los escenarios más insólitos; como pudieran ser una trinchera, un refugio bajo tierra, la cama de un camión, un quimbo, o entre las literas de un hospital de campaña; como aquel del monte Apaná, en la serranía nicaragüense, rodeada de heridos y mutilados de guerra que la observaban arropados por la vitalidad de sus canciones soñadoras de bellezas y universos nuevos.

No me cabe la menor duda que buena parte de sus canciones, esas que no renuncian a la ternura para abordar los eternos y siempre nuevos territorios del amor, toda esa poesía, y toda esa autenticidad de sus temas, fueron nutridos precisamente al calor de sus contactos con los internacionalistas cubanos y de apreciar la pobreza desgarradora de aquellos sufridos pueblos, sobre todo el desamparo  y el abandono de los niños obligados a trabajar en las calles, mendigando o que habían perdido a sus padres en la guerra.

Luego del regreso a Cuba la brigada se mantuvo como espectáculo del CAFAR e iniciamos una gira por unidades militares del Ejército Occidental. Al poco tiempo, con la llegada del Período Especial, fue desactivado el CAFAR y cada cual tomó un rumbo diferente. Zulema hizo cine y televisión, como magnífica actriz que es, luego emigró a los Estados Unidos y allí, en Miami, mantiene un espectáculo en una sala de teatro. Rafaelito de la Torre se desplazó a la Argentina y continúa como músico de una agrupación por aquellas tierras. Alejandro Gutiérrez partió para España, allá fue uno de los fundadores del proyecto Habana Abierta, en colaboración con Vanito Brown y Kelvis Ochoa.

La brigada en pleno, en la despedida que nos hiciera la Misión Militar Cubana, en Managua, horas antes del regreso a Cuba

Liuba decidió quedarse con nosotros, afrontar ese tiempo tormentoso y correr la misma suerte con su pueblo, donde tiene bien afincadas sus raíces. Según ha confesado en otras ocasiones, tiene la certeza de que viviendo en otro lugar no podría ser feliz, que en su país está todo lo que hace y todo lo que es. Poco tiempo después fundó su propio grupo junto al Guajiro Miranda y otros músicos, grabó su primer disco, Coloreando la esperanza, que incluiría algunas de las canciones que le oí ensayar y estrenar en Nicaragua, como "Hoy te invito a mi niñez", "De monte y ciudad", "Tu amor es el canto mío", y "Si me faltara tu sonrisa", que resultaron de gran impacto y le abrieron muchas puertas; luego vendrían otros que consolidarían su carrera artística hasta convertirla en una «de las más altas representantes de la cultura cubana contemporánea», y una de las más importantes cantautoras en la historia musical de nuestro país.  

Liuba, además, es merecedora, de las distinciones Por la Cultura Nacional y como Embajadora de Buena Voluntad del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) «en atención a la sostenida y cuidadosa labor que, como parte de su vocación por el trabajo social, realiza para los niños, no sólo en grandes teatros, sino también en barrios y hospitales del país».

Fue breve el tiempo que compartí junto a Liuba, pero si algo ha mediado en mi vida para tratar de ser mejor persona, ha sido precisamente ese fugitivo tiempo en que coincidí con ella en Nicaragua y en el CAFAR, y luego, ya más alejados,  el disfrute de sus canciones que atesoro, y la admiración por una vida coherente con las ideas que expone en textos y actos públicos.



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