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Un artista para seres humanos (+video)

Fecha de Publicación: 2018-09-03 14:39:12


Conocí de siempre a Bola de Nieve, pues desde los largos años que viví en Estados Unidos teníamos y escuchábamos en mi casa de Nueva York el disco que él grabó para la firma Montilla.

Tras mi regreso a Cuba, en 1959, nos hicimos muy amigos, y en nuestras conversaciones me hablaba mucho de Londres, me reiteraba la importancia de que conociera esa capital. Quizás eso influyó en que cuando me ofrecieron un cargo diplomático, en 1962, no acepté la propuesta inicial de ir a París, de salir de Cuba iría a Londres. Y lo logré. Estuve allí tres años como consejero cultural de la embajada cubana en Gran Bretaña. Por eso Bola me decía luego: «¡Cómo te regalé Londres!».

Porque  la gente piensa en la sensibilidad urbana de Bola de Nieve, lo asocia a París, Nueva York, ciudad de México o La Habana. Sin embargo, el amaba a Londres; tenía un amor infinito hacia lugares de un Londres muy íntimo para disfrutar de la noche y de la música, como el municipio de Chelsea, punto de residencia, desde siglos atrás, de escritores, actores y músicos y en el cual se reúne tanta gente poseedora de una gran percepción artística.

Contradictoriamente, nunca me visitó allá, lo cual me disgustó, ya que existía un acuerdo de que pasaría unos días con nosotros. Eso sí, fue una compañía perenne del espíritu, dado que todas las mañanas, al desayunar, poníamos grabaciones suyas. Esa experiencia la compartí con las cuarenta personalidades cubanas que pasaron por mi hogar londinense, entre ellas Lisandro Otero, Antón Arrufat, Mariano Rodríguez, Jaime Sarusky y Heberto Padilla, que me dijo: «¡Qué manera de entrar al mundo de la mañana!».

Una vez, al salir de la Uneac, empezó a sentirse mal y me preguntó: «¿Por qué no vienes conmigo hasta mi casa?». Fuimos para su apartamento y al llegar me dijo: «Ponte cómodo», y me sirvió un trago de whisky con hielo. Él, que no tomaba bebidas alcohólicas, se sentó enseguida ante el piano y, durante más de una hora, estuvo tocando para él mismo. Jamás me aclaró qué le sucedió; nunca me explicó si estaba triste o mal físicamente. Tal vez nada más quería saber que alguien permanecía a su lado y lo escuchaba.

En una ocasión en que comíamos en el Sloppy Joe´s, cogí una servilleta y empecé a escribir un poema dedicado a él. Me dijo: «¡Esa servilleta es mía!». Entramos en una larga polémica. Intenté explicarle que el texto no estaba concluido, que carecía de sentido entregárselo. Me respondió: «¡Qué importa! ¡Así la quiero!». Le contesté: «Es tuya entonces». Se llevó la servilleta con el esbozo de ese poema, del cual no recuerdo una línea, pero seguramente se relacionaba con el Londres que él me regaló.

Después de su muerte me hablaron una vez por teléfono para invitarme a participar en un homenaje que le darían en el Parque Lenin, de La Habana. No recuerdo exactamente si fue su propia hermana Raquel quien lo hizo. Lo cierto es que con rapidez surgió mi poema dedicado a Bola, el cual titulé "Para Raquel Villa". Fue un poema que escribí para estar aquel día con Raquel, para estar con Bola, porque pensé que se encontraría presente, como siempre, entre nosotros.

Esta tarde,

Ignacio Villa

convoca a sus amigos en el Parque Lenin.

Llega risueño, alegre:

Luz que dejaron los pasados cielos;

agreste aroma, pasto y flor.

Las ramas secas tiemblan

y recuperan su verde errante.

Como rebaños, en silencio,

quietos, bajo la sombra

de mangos y eucaliptos,

impacientes, se acomodan los jóvenes.

Los viejos buscan la luz

del cielo que atardece.

Saben que la alegría

tiene memoria,

y para ser dichosos

se echan a recordar:

Sorprendidos, oyen la voz

de Bola, cada vez más cercana

a los labios que, en coro,

cantan con voz que encanta

a pájaros y hormigas.

Qué silente la tarde entre las rondas,

cuando Bola saca su pañuelo verde

que agita con la mano, mientras desaparece,

y somos un instante

su pañuelo

de prodigiosa y verde eternidad.

Bola de Nieve era su propio personaje. Se inventó a sí mismo, apoyado en ese sobrenombre que, en su caso, era un contraste. Un hombre poseedor de tanta ternura, de tanto calor humano, nada tenía que ver con la nieve. Siempre lo evoco con su sonrisa, que aunque parece muy actuada, como un performance, era espontánea, natural, al igual que su tristeza y silencios a ratos. Siempre lo evoco como un niño que le gustaba andar por los mundos hasta el último aliento. Hace un instante me pareció sentir despierto a ese niño juguetón al escuchar, a lo lejos, su grabación de "No puedo ser feliz". Y me pregunto: ¿En cuántos lugares cantará en este justo momento? ¿Cuánta gente lo estará escuchando en este instante en América, Europa, África, Asia o Australia? ¿A cuántas personas acompañará su voz a esta misma hora?

Para mí, Bola de Nieve fue un creador, un poeta. Era un hombre que se daba a sí mismo a través de su voz, de su acento. Su arte exige cierto tipo de adiestramiento auditivo por su forma de decir. Bola no canta, expresa las cosas. Si uno se olvida del piano  y se detiene en su voz, verá que no canta; nos dice algo de una forma íntima, familiar. Y ese algo no es una confesión doméstica, cotidiana, sino universal, que él mismo manifiesta a su manera. Su mensaje nos llega de una manera distinta a cada uno de nosotros, acorde con la sensibilidad que tengamos. Por lo tanto, pienso que no es un artista para intelectuales, como erróneamente se afirma a veces, sino para seres humanos con una sensibilidad muy desarrollada.

NOTA:

Testimonio grabado por Ramón Fajardo Estrada a Pablo Armando Fernández  (Premio Nacional de Literatura) en 1998 y recogido en el libro Deja que te cuente de Bola.

"Vete de mi"



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