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Sociología de las victrolas

Fecha de Publicación: 2018-07-23 09:57:50


Sociología de las victrolas

Casi en los inicios de las victrolas, en la revista Record Melodía (Denver, Colorado, Estados Unidos), se publicó un artículo que afirmaba: «Las letras de las canciones victroleras hablan de mujeres y aventuras groseras, trasnochadoras, y roneras,  y son un atentado a las buenas costumbres». Las canciones de victrolas, siempre tuvieron sus detractores, también sucedía con las canciones de amor en la Edad Media.

La victrola tiene su ambiente, su atmósfera, esas canciones con aura romántica de pulperías o bodegones de mala muerte, para gentes de calle, que reflejan la incidencia de un buen bolerón, que se paladea junto a una cerveza, con el machismo y la guapería del barrio; es reflejo de un patrimonio cultural que no debe ruborizarnos, como expone el musicólogo cubano Leonardo Acosta.

Hay una extensa lista de esos bolerones de victrola: "En las tinieblas" y "Amor en trago" (cantando José Tejedor); "Entre espumas" (Barbarito Diez); "Dame un trago tabernero" (Carlos Embale); "Mi corazonada" (Orlando Contreras); "Camarera del amor" (Benny Moré); "Peregrina" y "Sin amor" (Panchito Riset); "Humo y espuma" (Fernando Álvarez); "Todo se paga" (Domingo Lugo), y "En este cabaret" (Ñico Membiela), por solo mencionar algunos de los más conocidos.

El cronista Enrique Núñez Rodríguez recuerda que gastó un capital en las victrolas traganíqueles escuchando a María Luisa Landín:

Con lo que gasté oyéndola podía haberla enviado a estudiar a la Scala de Milán...Nunca he sacado la cuenta del dinero que me gasté, escuchándola, al igual que a Toña la Negra, en las victrolas de bares y bodegas. Pienso que de haber ahorrado esos níqueles ahora podría tener uno de esos tres en uno que, por muy estereofónicos que sean, no pueden compararse en mis recuerdos con aquellos aparatos iluminados y llorosos de mis tiempos de bohemia y cubilete. Había teclas en las victrolas que conservo todavía en la memoria, a la maratónica distancia de cincuenta años. Una de ellas, la J-7, correspondía a "Cenizas", un bolero que me regresaba a mi primera noviecita, olorosa a jazmín del Cabo¹. 

En el libro Con la buena voluntad del tiempo (Ediciones Unión, 2012), en la entrevista que el periodista Frank Padrón le hiciera a Silvio Rodríguez, éste confiesa que:

Recuerdo, por ejemplo, que mi generación estaba encontrando sus palabras, sus enfoques de amor, y denominamos a cierto tipo de canción como "prostibularia", no solo porque eran típicas de bares y prostíbulos,  sino porque trataban a la mujer como objeto de uso. Nosotros, como arcángeles sin tiempo, nos sentíamos emisarios del porvenir y de los antiguos sueños de redención. Sin embargo, personalmente, yo no era mucho mejor  que las canciones que me disgustaban, porque era bastante machista. Hoy día lo soy mucho menos y resulta curioso que aquellas canciones, entonces rechazadas, ahora solo me parezcan una expresión de nuestra cultura y de nuestro desarrollo por entonces. En fin, creo que otra cosa que he dejado atrás son algunos extremismos.

El poeta uruguayo, Mario Benedetti, sin complejos escribe: «A veces a uno le gusta una canción cursi, y pienso que si a uno le gusta es porque algo tiene, aunque no sea perfecta, tal vez está ligada a un hecho que le ha pasado a uno en la vida, a un hecho amoroso por ejemplo»².

El padre del bolero en México, Agustín Lara, fue altamente censurado por la escuela y la iglesia azteca: «Soy ridículamente cursi ─expresaba el gran compositor─  y me encanta serlo, a las mujeres les gusta así y de ello no me avergüenzo».

Otro embolerado escritor y compositor, Catalino Tite Curet, de Puerto Rico, patentiza que «la gente vive el amor... la gente habla del amor, habla porque éste ya pasó y porque quieren que vuelva a pasar, y es ahí cuando viene el bolero... el bolero es un acto de agresión, de alevosía, el reto por lo que fue y el reto por lo que vendrá». 

En ese momento de drama, de catarsis, de gratificación, teníamos a mano la victrola, que está ligada a muchas épocas, generaciones y países. Una verdadera cajita mágica, capaz de ofrecer la expresión modulada apta para declamarla melódicamente en hondo coloquio a dúo. Compañera fiel de los pantalones de tubito o de bataola,y  aquellos zapatos de dos tonos, con huequitos blancos.

La victrola sirvió de entorno a esa especie de tragedia griega (salvando las distancias), con esa carga pasional de poema balzaciano. Todo ligado a los equipos de béisbol Habana y Almendares, a las películas de Cantinflas, Tongolele, o la voz engolada y de terciopelo de Lucho Gatica³.

Manuel Villar, veterano disquero, investigador y Premio Nacional de Radio, memoriza aquellos tiempos de su niñez, cuando escuchaba la victrola como si la tuviera bajo su cama, con aquellas bocinas amplificadas que dominaban las cuatro esquinas:

Yo era vecino de Miguelito Valdés y aquellas canciones marcaron mi vida futura. Las victrolas eran  como una encuesta, porque cada cual seleccionaba las canciones y géneros  que quería: un tango argentino, una polka, un mariachi de México, un pasodoble de España, un crooners de  EE.UU. Recuerdo aquel "Barrilito cervecero", que tanto se ponía.

En otro capítulo hablaremos del comercio de las victrolas.

NOTAS:       

¹ Enrique Núñez Rodríguez. “El Bolero”. Juventud Rebelde. La Habana, 15 de mayo de 1988.

² Mario Benedetti. Poesía de amor. Casa de las Américas, 1969, (Prólogo)

³ Ver Adolfo González: El bolero y la balada: Unidad cultural y sonido multinacional.



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