
La música es una creación del ser humano que nació junto a él y se desarrolló junto a éste, estrechamente relacionada con otros aspectos de su cultura, como su organización económica, desarrollo tecnológico, tradiciones y creencias religiosas, entre otras particularidades.
Importa por consiguiente, profundizar en el estudio de esa creación excepcional, para comprender mejor la evolución de nuestra música en la conformación de un ser auténticamente nacional.
También es significativo ─e imprescindible─ conocer a los testigos y notarios de los sucesos musicales de un país, escribas del presente y del ayer, prologuistas del futuro, llámense musicólogos, musicógrafos o simplemente, cronistas.
En Cuba, el iniciador de ese oficio se llamó Serafín Ramírez Fernández, que al publicar en la capital de la Isla en 1891 su libro La Habana Artística. Apuntes Históricos, se agenció el reconocimiento popular de ser el primer historiador de la música en Cuba
En la primera parte de ese texto reunió una docena de ensayos escritos por él, sobre «nuestros músicos y del movimiento artístico de esta capital en más de ochenta años...», según sus palabras.
A esos ensayos sumó unas "Notas biográficas" en orden alfabético y en la parte final del libro incorporó sus «estudios de crítica y literatura musical», aparecidos en la prensa periódica local de aquellos años.
Precisamente, por ese empeño periodístico iniciado en 1859, ─que desplegó en periódicos de La Habana y del resto del país─ se le considera el fundador de la crítica musical en Cuba,
El perfil artístico de este habanero ilustre, nacido el 31 de agosto de 1832, quedaría cercenado si no incluye que fue un músico que dominó varios instrumentos e impartió clases de piano, cello, solfeo y teoría de la música en el Liceo Artístico y Literario de La Habana, que también dirigió.
Además, durante diez años formó parte del tribunal examinador de las clases de música del Centro Asturiano, de la Asociación de Dependientes, del Centro Español y del Centro Gallego.
A pesar de sus esplendores, la suya no fue una empresa sin máculas. Varios de sus contemporáneos le acusaron de una mirada panorámica parcial, en exceso localista, que únicamente atisbó a los músicos habaneros, olvidando otros de igual e incluso, mayor relevancia.
Entre esas omisiones se encuentra el compositor Esteban Salas ─habanero de origen, luego maestro de Capilla de la Catedral de Santiago de Cuba─ y en su ensayo Violinistas cubanos, omitió a Laureano Fuentes, Pedro Boudet y Ramón Figueroa, santiagueros todos ellos y notables instrumentistas.
También se le puede incriminar su desdén por los bailes populares originados o influidos por los afrocubanos, a los que denomina «gentualla». Muestra de esa ojeriza con tufo racista, son sus expresiones sobre el danzón, al que calificó como «degeneración de nuestra danza», uniendo así su voz al coro de los que a partir del nacimiento de nuestro baile nacional lo calificaron, despectivamente, de «revoltoso y picante».
Al margen de esos juicios parciales e incompletos, no es justo condenar a Serafín Ramírez al olvido definitivo, porque, a pesar de ellos, es el primer historiador y el primer crítico de la música en Cuba.